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Cuentos breves de Pablo Amaya


Pablo Amaya, 1969. Poeta y escritor Yaracuyano residenciado en Guama. Ganador del IV concurso poesía y cuento de la “Librería Mediática” con mención destacada. Publicó en la revista digital letralia.com. Fue alumno del Poeta Español Jose Luis Muñoz Sáez, creador del sub genero de poesía llamado MUSA (de arte mayor o de arte menor) poesía tradicional con rima y medida.

El Dinosaurio

Ante el inclemente paso del tiempo, aquella verde y planísima llanura le sirvió de aposento y lo cobijo en su lecho, haciendo dulce y placentero su sueño con los elementos que la naturaleza le proporcionaba, tanto así que hasta hoy duerme profundamente, (camino mucho en aquella larga travesía buscando agua y alimento hasta caer rendido); el polvo arrastrado por el viento lo fue cubriendo lentamente hasta formar lo que hoy llamamos “montañas”, sin embargo a veces se mueve para estirarse o cambiar de posición, entonces ocurre lo que los humanos llaman temblor o terremoto de acuerdo a la magnitud del movimiento . No quiero imaginar lo que pasaría si despierta y decida levantarse a caminar; El Dinosaurio no se extinguió como piensan todos, solo duerme, allá esta, es aquella inmensa montaña, la ves.

El eterno

_Vengo por ti, llego tu hora simple mortal (dice la muerte)
_Mentirosa, quien dijo que tú, entidad inevitable participas a las personas cuando llega la hora de partir, no, tu llegas de sorpresa, no voy a ir contigo lo siento mucho, no es mi tiempo aun, además para que lo sepas, yo soy eterno.
Y la muerte se fue sola.

La vecina enferma

Esta vez sí creo que está enferma la vecina, no le han dado los ataques ni se ha desmayado, no grita como loca de dolor, pero está muy pálida y no para de hablar con su marido a pesar que el ya tiene cinco años de muerto.


El concurso

Cincuenta palabras para un cuento, no es mucho, pero que puedo hacer son reglas del concurso, que tema puedo abordar con estas limitantes: un cuento infantil, una fabula, una vivencia urbana, como recrear algo con escasas palabras sin deslucir la historia… ¡NO JODA! mejor no escribo un coño.
Desesperado

Bruscamente interrumpe su sueño, abre los ojos y con cierto recelo echa un vistazo a aquella desconocida habitación, no sabe como llego ni el ¿Por qué? esta allí, la intranquilidad se apodera de su ser, comienza a dar vueltas de un lado a otro en aquella inmensa cama que no es la suya, se percata que a un costado de la cama hay algunas hojas de papel varios lápices y colores, toma un lápiz con mucha torpeza( quizás tenia sueño aun) trata de escribir sobre el papel, tras algunos garabatos sin sentido suelta el lápiz y arremete contra el papel rayado, con desesperación y fuerza lo arruga lo lleva a su boca luego de humedecerla con sus labios lo rompe y arroja al suelo, continua algo desesperado, comienza a transpirar mucho, vuelve a coger el lápiz, trata de escribir pero no logra coordinar los movimientos de su mano, está muy nervioso, grita muy fuerte al mismo tiempo que arroja el lápiz al suelo, comienza a retorcerse y patear con furia la cama, da vueltas como loco, suda muchísimo más, ya cansado en medio de tanta desesperación comienza a llorar y a llorar, con un llanto muy fuerte como si un gran dolor lo hubiese invadido, rápidamente abren la puerta de la habitación, es una mujer, al verla se incrementa el llanto y el pataleo, ella se acerca lo toma en sus brazos, el se va calmando lentamente, ella seca el sudor de su rostro y cuello, tiene la nariz tupida, cuando intenta limpiarle comienza a llorar con intensidad nuevamente , hasta que madre al fin, lo acurruca y llena de mimos, descubre su pecho y procede a amamantarlo, luego le dice: _ya bebe ya, tranquilo no seas malcriado, mira lo que hiciste, le dañaste toda la tarea a Paola, ahora no va a querer ir para la escuela.


Aquella canción

Ella ya no oye aquella canción que le dedicara su enamorado, no quiere recordar aquel amor que tanto le juraba, nunca le creyó, por eso lo rechazo de todas las formas posibles.
El ya no oye aquella canción que dedicara a su enamorada, no quiere recordar aquel amor que tanto le juro, nunca le creyó, por eso lo rechazo de todas las formas posibles.
Ella y el (cada quien por su lado) sin querer algunas veces oyen aquella canción y extrañamente suspiran por lo que pudo ser un gran amor.

La vedette.

Ahí está ella, hermosa, en medio de todos, como joven debutante llena de nervios antes del baile, sola en medio de ese mar de piernas masculinas que aguardan el inicio para tratar de conquistarla, divertirla, demostrar sus dotes, ganarla para sí. Ella erguida disimula calma ya casi es hora, luce impecable sobre la verde alfombra que resalta su blanca y joven piel, tiene el peso ideal ni una libra mas ni una libra menos las medidas que todas envidian, sin desasosiego espera el momento de deslumbrar con sus caprichosos movimientos, danza que atrapa a miles que hace que ni un instante dejen de observarla, hora y media de éxtasis total, fascinación que concluirá con alegrías o tristezas compartidas o no, pero en fin, es el resultado de la pasión que ella despierta.
Ahí está ella, como la luna llena con su brillantez que inspira y enamora, aguardando por el juez principal que se acerca con su formal traje a pasos lentos conversando con los dos capitanes al centro del mágico alfombrado, para dar el pitazo inicial de este emocionante encuentro donde ella es la vedette principal del show, desde ya se imagina atravesando el arco triunfante, girando rápidamente con su mágica danza y la gente presente explotara de alegría y cesaran los canticos de guerra para gritar todos eufóricos a una sola voz el gol
.

El Pirómano


J. Pisanu. Tovar. Edo. Mérida Venezuela. 1962. Licenciado en Letras por la Universidad de Los Andes. Narrador. Ha publicado algunos cuentos en antologías del Táchira. Este cuento forma parte del libro El Diario de Brom y otros relatos (1998) editado por el Fondo Editorial Toituna. Ha ganado en los siguientes concursos: Circuito de Literatura 1992, Mención Cuento con: El Premio; Circuito de Literatura 1993, Mención Dramaturgia con la obra Al Borde del Río (ambos premios fueron otorgados por la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Estado Táchira).


A mí mismo, el ser más ardiente

que he conocido, el único capaz

de comprender mis ansias de fuego.


Inspirado fuertemente pos las películas de tendencias incendiarias como Lo Que El Viento Se Llevo, Al Rojo Vivo, Infierno En La Torre y Fahrenheit 451, salí con grandes deseos de imitar todo lo visto en la pantalla. Nadie imaginaria el delirio gozoso que me produjo ver arder y destruirse la biblioteca medieval de una abadía en El Nombre De La Rosa.

Mis ansias de pirómano disoluto se desataron de una manera incontenible. Empecé por quemar los pocos libros que tenia, porque yo odiaba los libros y en especial la literatura por encontrarla sosa, aburrida, meningítica y en algunos casos hasta oligofrénica.

Mi historial clínico como pirómano se remontaba a una infancia llena de fuegos inocentes. Conocí la existencia del fuego por un tío degenerado que tuve, llamado Prometeo. Me regaló un encendedor con el cual me inicié quemándole un vestido a una muñeca de mi hermana. Posteriormente incendie la muñeca como ritual de sacrifico a uno de esos dioses infantiles que inventé.

El odio que le tome a las letras tuvo raíces distintas. Ya a los 5 años fumaba cigarrillos, con ellos quemaba libros, juguetes y hasta el hábito de una monja. La maestra como típica neurótica me regañaba constantemente por no distinguir la "o" de la "i". Eso duró hasta el día en que cansado de su mal carácter decidí quemarla en presencia de los demás niños.

Desde ese día la Educación cambió sus concepciones dictatoriales y pasó a ser liberadora para sonrisa de Paulo Freire.

A pesar de esos cambios mis notas seguían estancadas en cero, por lo que mi primer acto de lucidez fue quemar el boletín de calificaciones. Después de ese acto patriótico de mi parte quemé los libros de primeras lecturas por considerarlas decadentes y poco imaginativas. Mi mal tenía sus raíces en mis antepasados, de eso no tenía la menor duda. Mi madre tenia por costumbre dejar quemar los alimentos. Mi padre en sus días de revolucionario quemaba cauchos y de vez en cuando uno que otro autobús. Más tarde le dio por quemar taxis y taxistas por el desmesurado rencor que les tenía debido a sus abusivos cobros. Entró en una fase internacionalista, en ese entonces comenzó a robar banderas a las embajadas y quemarlas en actos de protesta.

Mis antepasados eran terribles, cuentan que ellos fueron los que quemaron la biblioteca de Alejandría por no saber leer. Dicen que Atila también pertenece al tronco de nuestra familia, quemó ciudades enteras con la excusa de tener frío o que detestaba ciertos diseños arquitectónicos. La familia es grande. Muchos miembros participaron dentro de las juventudes hitlerianas haciendo piras públicas de libros. Luego les dio por quemar judíos, ellos eran así, se entusiasmaban con algo y luego se aburrían y buscaban otra cosa que quemar. Mi tío, Juan ignitólogo, se dedico al atletismo con la intención de llevar la antorcha olímpica hasta un reactor atómico para ver lo que pasaba. Pero jamás le dieron la oportunidad de hacerlo por lo que en venganza quemó una delegación deportiva completa en los juegos interterroristas levados a cabo en Libia.

Mi niñez fue una etapa de grandes incendios. A los diez años fue mi etapa experimentalista, achicharrando vivas las gallinas de la casa con gruesas lupas. Luego fue la cola del gato. Mi primer trabajo contra los libros fue quemar Don Quijote De La Mancha, página por página, a la vez que lo iba leyendo y haciéndome la firma idea de lo mediocre que fue Cervantes como escritor. Después fue La Divina Comedia. Transcurrió bastante tiempo y el número de libros incinerados aumentó. Por mis manos pasaron El Decamerón, El Discurso Del Método, las obras completas de Shakespeare, las de Lope de Vega, las de Moliere, de Corneille, de Sor Juana Inés de la Cruz y otros tantos que chamuscan mi débil memoria.

Ahorré durante meses, trabajando como incinerador de basura del Aseo Urbano. El trabajo no me parecía nada interesante, sobre todo porque el quemar la basura no tiene ningún mérito, no así quemar artefactos nuevos y muy caros. Con los ahorros de este cruel trabajo me compre un lanzallamas de segunda mano y me dediqué a quemar cines con todo y espectadores, desde ese día veía películas solo. Fahrenheit 451 me inspiró para utilizar mi lanzallamas quemando todas las bibliotecas del mundo, una a una fui incendiándolas hasta que solo quedó una. Esta noche se reunirán para un taller mecánico de versos y de prosas descompuestas o algo así por el estilo. Entraré disfrazado como el director de la biblioteca de pirómano confundido.

La Tormenta


Maigualida Pérez. 24-09-1960. Nirgua- Yaracuy. Este cuanto pertence a su libro "Cuentos Circulares".

Saliendo del edificio es cuando se siente la fuerza real del fenómeno que desde la ventana -adentro- parecía una lluviecita más. Con el efecto sonoro y luminoso de siempre, pero en el espacio abierto, al contacto con el elemento un escalofrío recorrió toda mi humanidad al caerme la primera gota. Arrastrada por los vientos, mi tormenta tropical se desplaza, con velocidad racheada de 1 millón de años-luz a lo profundo de mi interior. En la oscuridad de la noche, enrrumbo los pasos hacia mi destino, pasando grandes charcos de agua sucia que empantanan hasta la rodilla, imposibilitando el avance ante la
furia que baja desde la montaña con bramido estrepitoso y hace telón de fondo de cada trueno ensordecedor, retumbando en las paredes de las casas y quedando preso en cada callejón como los ecos divinos que anuncian el gran castigo.
El conjunto de vibraciones que al penetrar la cavidad del oído estimulan la necesidad de protección y seguridad se expanden por toda la estructura corporal provocando temblores espasmódicos de frío y miedo. En la pendiente a subir, la lluvia despierta el pánico que genera la descarga eléctrica zigzagueante y arremete contra la húmeda tierra en pleno, enfriando hasta los tuétanos y provocando que el equilibrio mecánico evoque hacia el laberinto inestable que dormía placidamente, intentando vertebrar el eje que se extiende de un lado a otro en la memoria.

En la aparición del rayo, de ramificaciones oscilantes se desgarra el cielo nocturno con su destello, iluminando hasta el mas oscuro de los pensamientos perversos; esos que se esconden entre la urdimbre y la trama del ser, para pasar inadvertidos ante el conciente y moverse libremente en el líquido oscuro circulante del inconciente. Todo el callejón quedó iluminado de un azul transparente repleto de sombras que juegan a las escondidas, queriendo atraparme con escurridizas manos que se difuminan cuando apuro el paso; cansada, empapada y aterrada. Moviéndome por el centro mismo de la calle, cruzo, tratando de ver lo que la precipitación permite, pero son los espectros de la noche, los que con intervalos armoniosos en una progresión de tiempos para producir interrupciones en mí espacio, intentan la
celada. La ropa mojada, succionada al cuerpo permite develar secretos inenarrables y los pies encerrados, se arrugan como un antiguo pergamino; las rodillas chocan la una contra la otra haciendo tambalear esta estructura anatómica, casi desconectada cuando otro rayo cae mas cerca, provocando un corto-circuito que deja todo a oscuras. Un hombre vestido de negro, que salta de una casa vecina, vió como mi cuerpo despedía un ligero resplandor y un vaho de humo blanco, mientras atravesaba la corriente que arrastraba piedras, basura y trozos de árboles. Intento atrapar el objetivo haciendo un ejercicio mental, pero el comportamiento óptico da fidelidad al espectro real. La tormenta se expande y entre tanta oscuridad, parece que no voy
a llegar a puerto seguro.
Los relámpagos, cada vez más intensos y el terror colocan grandes obstáculos. Mi objetivo está a la vista, pero -aún- hay una calle llena de furia liquida con objetos cortantes por transitar. La respiración se entre corta y mi mandíbula baila en un traqueteo ensordecedor por el abismo oscuro y aterrador. Con dudas veo a través de la noche, y temblorosa, toco el metal. Calzo la llave… y entro.

El barco Ciego


Cesar Baptista, (Barquisimeto)

CARTA PERDIDA 2

Pues bien, desprevenido y puerco lector, conocedor de palabras solamente, he de confesar que tengo miedo, ahora cuando aún tiene fuerza mi mano. He de lanzar escupitajos si por tal causa desato compasión o burla.

Sé, claramente, que todo cuanto he realizado y he de hacer no tiene puesto ni valor en el mercado. Me siento perseguido, perseguido por cuerdos de mentes débiles, jugadores de lotería, empleados, banqueros, distribuidores de desduchas, legión de cerdos que nunca se han atrevido a nada que no sea el ejercicio de la vulgaridad, la pedantería y la idiotez. Humanos con exceso de ínfulas y corbatas.

Estoy frente al mercado y siento el desconcierto. Pido socorro, Padre Santo, en medio de tanta abundancia.

Cómo no tener miedo si sé todo de lo que son capaces. No de matar, apalear, quebrar, torturar y martirizar el cuerpo, no. Aptos para el crimen, descuartizar, despedazar, hacer añicos, ajusticiar y asesinar el alma

y los mecanismos, desconfiado lector, son: con oscuridad, con la fatiga y los cansancios, con malos tratos, con tormentos, con ser privados del espíritu de Dios. Con suciedad. Con abundancia, con fármacos llamados drogas. Con trabajso forzados. Con el compromiso. Con la puerta de la ambición. Con los atropellos. Con la burla. Con hacer todo lo que no da placer. Con horarios, radiografías, fotografías. Con la televisión. Con la nómina. Con la pérdida del pudor. Con exámenes médicos y todas las profanaciones al cuerpo. Y lo peor, Dios mío, con los deberes fijos.

Mala Saña! (Hazaña).

El corazón de Voltaire


Avalada por la crítica entre las novelas más originales del nuevo milenio, El corazón de Voltaire se desenvuelve a través de correos electrónicos, y demuestra que Luís López Nieves es maestro del género que él mismo nombro “historia trocada”. Con ella recibió su segundo premio nacional de literatura.

Entre sus libros publicados se encuentran:

El silencio de Galileo.
La verdadera muerte de Juan Ponce de León.
Escribir para rafa.

EL Emisario, un libro de Gabriel Figueredo



Gabriel Figueredo, Yaracuy 1981, nos presenta El Emisario, El Perro y la Rana 2010, un conjunto de relatos breves, donde precisión y fluidez confluyen para mostrar la vida desnuda de sus seres cotidianos. Ambición, homenaje y parodia atraviesan las páginas de este libro de cuentos que viene a enriquecer el panorama de la nueva narrativa venezolana.


El mosaico de historias y personajes que el autor nos revela en cada página da cuenta de la mirada de un joven que escudriña su entorno, lo cuestiona, lo parodia e interpreta. Desde una nueva versión para la célebre novela El Viejo y el Mar, hasta la mirada morbosa de un minusválido que se deleita con “Un mundo, que a pesar de su indiferencia, es su mundo (…) La infinita cantidad de zapatos andantes; zapatos pulidos, gastados, lejanos. Un mundo de piernas, de glúteos y quien sabe que más”.

Se cruzan en la cuentística de Gabriel Figueredo mundos que coexisten sólo delante de quien sabe ver, pueblos donde el asesinato de un bambinero se hace tan popular que llega a representar el atractivo más importante para los turistas; un grupo de escritores que odian al jefe, pero al perderlo, corren en busca de sustituto; hombres celosos que matan rivales, niños que sueñan matar a sus padres, todo con un lenguaje desenfrenado, natural, casi una conversa fluida que sólo se ve interrumpida por algunos excesos de adjetivación que el autor sabrá depurar con oficio y relectura.

Destaca de entre la selección el cuento Súbditos, muy atinado para cerrar la muestra. En este relato el autor consuma las estrategias que viene desplegando en los textos anteriores y logra, a partir de una interesante premisa, la precisión, la fluidez y la esfericidad que exige el cuento moderno. La intromisión de una voz en segunda persona, cuando el cuento está narrado en tercera, añade un carácter de omnisciencia que eleva el cuento en su punto álgido.Es ahora Gabriel Figueredo una nueva voz dentro del nutrido movimiento de narradores breves que hacen vida en el Yaracuy destacándose a escala nacional e incluso internacional, siguiendo las buenas marcas que han legado reconocidos escritores como Rafael Zárraga y el mismo Gabriel Jiménez Eman.

Juan Manuel Parada
Editor

Premio Gran Angular 2008 de literatura juvenil


Fernando Marías nació en Bilbao el 13 de junio de 1958, y vive en Madrid desde 1975. Es novelista, guionista ocasional de cine y editor.
La novela, un delicado alegato contra la guerra, recuerda dos conflictos bélicos con 60 años de diferencia (la Guerra Civil española y la Guerra de Irak) para alertar sobre la necesidad de no repetir lo peor de la Historia, además de poner el acento sobre valores como la amistad, la solidaridad o la empatía.

Como si fuera esta noche la última vez


Nelson González Leal (Maracaibo, Edo. Zulia, 1965) Escritor, periodista y fotógrafo. En la actualidad ejerce funciones diplomáticas en la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela en Brasil. Obtuvo el primer premio en el XLVIII Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional (1993). Ha publicado los libros Entre grillos y soledades (1986), Una pista sutil (1988), Un paseo por la narrativa venezolana. Ocho relatos cortos (1988), Esa pequeña porción del paraíso (2001), Pensar la Patria (2004) y Días Felices. Trece crónicas y una coda (2005).


Como si fuera esta noche la última vez y otros relatos reúne una serie de ficciones desarrolladas en un contexto urbano, teñidas de un tono sutil, íntimo e irónico. En ellas el lector se acercará a reflexiones sobre la naturaleza humana y los dilemas existenciales a los que se enfrenta el individuo contemporáneo.


TE PRESENTAMOS UNA MUESTRA DE SUS RELATOS (FUENTE: "COLECCIÓN PÁGINAS VENEZOLANAS" )


El hombre robusto

¿No se llama John el hombre robusto de chaqueta gris que cruza la esquina del parque con ese andar desprevenido? Pero John no es un nombre criollo, y tampoco lo es el cabello rubio del hombre, ni el esmeralda turbio de sus ojos. ¿Y cómo puede él notar aquel color desde la ventana de un apartamento que dista casi cincuenta metros del lugar por donde transita el hombre? ¿Cómo reparar en este detalle, en lo turbulento de su efecto, si además debe concentrar la atención en las palabras que imprime sobre aquella superficie blanca, que en la pantalla del computador simula un papel común? Debe ser más bien que John es el nombre que él ha querido colocarle en la historia que escribe. John, sí, como aquel jornalero de chaleco color patata que observa Virginia Wolf camino al río donde ha de suicidarse, según Las horas, de Michael Cunningham (Y este tampoco es un nombre criollo, pero qué importa, si hay competencia en el lenguaje y, sobre todo, en la historia que narra).
John debe ser aquel, pues, y desprevenido su andar, aún cuando inicia el tránsito precisamente frente a esa calle tan peligrosa que da a su ventana, mientras él articula frases para contar su historia con la misma desaprensión de los pasos que le observa dar, uno tras otro, vaivén de brazos al descampado, oscilación del cuerpoa un lado y otro, como en recio desafío a la ley del equilibrio. Se diría un militante de la onda rap o hip-hop, si no fuera por la edad (él le calcula casi cincuenta) y porque no viste el atuendo indicado.
No, aquel es un hombre de otro ámbito. De chaqueta gris cruzada por dos botones al frente, jean azul y zapatos de suela de goma pulidísimos, parece más bien un profesor universitario. Se diría que de sociología, o de comunicación social. Pero a él no le sirve este dato, o más bien, a la historia no le sirve este dato. Así que John es un hombre imprecisable, a medio camino entre un tahúr de élite y un jíbaro de media monta, que avanza hacia un objetivo incierto.
No, tampoco le sirve que sea incierto el destino del hombre que ahora se ha detenido, justo a la mitad del camino, en actitud dubitativa. Él detiene también la marcha de sus dedos sobre el teclado, se incorpora de la silla y se aproxima a la ventana, como queriendo precisar mejor la actitud del hombre. Parece extraviado. Rebusca en
uno de sus bolsillos —el del lado izquierdo del pantalón, para más señas— y extrae un pedazo de papel que desdobla con el mismo descuido de su andar. El hombre —robusto, no cabe duda. Pesará unos noventa kilos, calcula—, observa el papelillo y de inmediato
dirige la mirada hacia los postes de luz y las esquinas superiores de las paredes adyacentes. Busca una dirección. Él vuelve a la máquina, a la pantalla blanca, al papel simulado y escribe que John —su John— avanza, con la fortaleza propia de los dueños del ritmo y la galanura, hacia la casa de una chica que ha conquistado en la fiesta
del barrio, la media noche anterior. Mientras John —el John de la calle, el hombre robusto en su chaqueta gris—, parece haber encontrado lo que busca, según indica su sonrisa y la turbulencia mayor de sus verdes pupilas.
Avanza, entonces, una vez guardado el papelillo en el mismo lugar de su extracción. Da dos, tres, cuatro pasos, de nuevo en recio desafío a la ley del equilibrio, que se le cruza enfrente, apareciendo de otra esquina, guindada en los hombros desnudos de dos
muchachos robustos, militantes de la joda y el traqueteo con hierro ardiente.
John —también robusto— les da la cara, no se retira, no aparta su humanidad del camino. Avanza, simplemente. Desprevenido, igual, o atento más bien a lo descubierto, a la dirección, o al dato que lo llevará a su destino de mal equilibrista, sin duda.
Luego el traqueteo, ¡pum! ¡pum! ¡pum!, y el desprevenido robusto cae, en franca pérdida del equilibrio. Él lo observa, a cincuenta metros de distancia, a no sabe cuántos del papel simulado en la pantalla, donde John —¡qué importa!— sigue su destino cierto a los brazos de la enamorada, aún con su billetera, sus zapatos pulidísimos, su chaqueta gris, el mismo verde turbio de los ojos y su nombre nada criollo, pero imponente, como la robusta estupidez de su indolencia. Él luego levantará el teléfono e informará a la policía. Nada más puede hacer ya por esta historia.

El Pirómano

P.J. Pisanu. Tovar. Edo. Mérida Venezuela. 1962. Licenciado en Letras por la Universidad de Los Andes. Narrador. Ha publicado algunos cuentos en antologías del Táchira. Este cuento forma parte del libro El Diario de Brom y otros relatos (1998) editado por el Fondo Editorial Toituna. Ha ganado en los siguientes concursos: Circuito de Literatura 1992, Mención Cuento con: El Premio; Circuito de Literatura 1993, Mención Dramaturgia con la obra Al Borde del Río (ambos premios fueron otorgados por la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Estado Táchira). (pjpisanu@hotmail.com)

Fuente:
http://aet.ve.tripod.com/

Inspirado fuertemente pos las películas de tendencias incendiarias como Lo Que El Viento Se Llevo, Al Rojo Vivo, Infierno En La Torre y Fahrenheit 451, salí con grandes deseos de imitar todo lo visto en la pantalla. Nadie imaginaria el delirio gozoso que me produjo ver arder y destruirse la biblioteca medieval de una abadía en El Nombre De La Rosa.

Mis ansias de pirómano disoluto se desataron de una manera incontenible. Empecé por quemar los pocos libros que tenia, porque yo odiaba los libros y en especial la literatura por encontrarla sosa, aburrida, meningítica y en algunos casos hasta oligofrénica.

Mi historial clínico como pirómano se remontaba a una infancia llena de fuegos inocentes. Conocí la existencia del fuego por un tío degenerado que tuve, llamado Prometeo. Me regaló un encendedor con el cual me inicié quemándole un vestido a una muñeca de mi hermana. Posteriormente incendie la muñeca como ritual de sacrifico a uno de esos dioses infantiles que inventé.

El odio que le tome a las letras tuvo raíces distintas. Ya a los 5 años fumaba cigarrillos, con ellos quemaba libros, juguetes y hasta el hábito de una monja. La maestra como típica neurótica me regañaba constantemente por no distinguir la "o" de la "i". Eso duró hasta el día en que cansado de su mal carácter decidí quemarla en presencia de los demás niños.

Desde ese día la Educación cambió sus concepciones dictatoriales y pasó a ser liberadora para sonrisa de Paulo Freire.

A pesar de esos cambios mis notas seguían estancadas en cero, por lo que mi primer acto de lucidez fue quemar el boletín de calificaciones. Después de ese acto patriótico de mi parte quemé los libros de primeras lecturas por considerarlas decadentes y poco imaginativas. Mi mal tenía sus raíces en mis antepasados, de eso no tenía la menor duda. Mi madre tenia por costumbre dejar quemar los alimentos. Mi padre en sus días de revolucionario quemaba cauchos y de vez en cuando uno que otro autobús. Más tarde le dio por quemar taxis y taxistas por el desmesurado rencor que les tenía debido a sus abusivos cobros. Entró en una fase internacionalista, en ese entonces comenzó a robar banderas a las embajadas y quemarlas en actos de protesta.

Mis antepasados eran terribles, cuentan que ellos fueron los que quemaron la biblioteca de Alejandría por no saber leer. Dicen que Atila también pertenece al tronco de nuestra familia, quemó ciudades enteras con la excusa de tener frío o que detestaba ciertos diseños arquitectónicos. La familia es grande. Muchos miembros participaron dentro de las juventudes hitlerianas haciendo piras públicas de libros. Luego les dio por quemar judíos, ellos eran así, se entusiasmaban con algo y luego se aburrían y buscaban otra cosa que quemar. Mi tío, Juan ignitólogo, se dedico al atletismo con la intención de llevar la antorcha olímpica hasta un reactor atómico para ver lo que pasaba. Pero jamás le dieron la oportunidad de hacerlo por lo que en venganza quemó una delegación deportiva completa en los juegos interterroristas levados a cabo en Libia.

Mi niñez fue una etapa de grandes incendios. A los diez años fue mi etapa experimentalista, achicharrando vivas las gallinas de la casa con gruesas lupas. Luego fue la cola del gato. Mi primer trabajo contra los libros fue quemar Don Quijote De La Mancha, página por página, a la vez que lo iba leyendo y haciéndome la firma idea de lo mediocre que fue Cervantes como escritor. Después fue La Divina Comedia. Transcurrió bastante tiempo y el número de libros incinerados aumentó. Por mis manos pasaron El Decamerón, El Discurso Del Método, las obras completas de Shakespeare, las de Lope de Vega, las de Moliere, de Corneille, de Sor Juana Inés de la Cruz y otros tantos que chamuscan mi débil memoria.

Ahorré durante meses, trabajando como incinerador de basura del Aseo Urbano. El trabajo no me parecía nada interesante, sobre todo porque el quemar la basura no tiene ningún mérito, no así quemar artefactos nuevos y muy caros. Con los ahorros de este cruel trabajo me compre un lanzallamas de segunda mano y me dediqué a quemar cines con todo y espectadores, desde ese día veía películas solo. Fahrenheit 451 me inspiró para utilizar mi lanzallamas quemando todas las bibliotecas del mundo, una a una fui incendiándolas hasta que solo quedó una. Esta noche se reunirán para un taller mecánico de versos y de prosas descompuestas o algo así por el estilo. Entraré disfrazado como el director de la biblioteca de pirómano confundido.

Relatos breves de Juan Talavera


Juan Carlos Rodríguez Talavera, 1977. Escritor Mexicano residenciado en Distrito Federal. Cuentista por vocación, nos presenta una obra matizada de fango y sangre, producto de largas horas contemplativas y visiones del secreto como forma de lenguaje. Los personajes de Juan Carlos, proclives muchas veces a la psicosis, habitan en ambientes mortuorios, y otras pocas, en intrigantes mundos fantásticos.


Razón contra Imaginación

La razón y la imaginación se enfrascaron en una discusión donde cada uno trataba de demostrar quién era mejor. Por un lado la razón exponía su catálogo de razonamientos y en tono de oratoria perfecta dialogaba sus argumentos. La imaginación, por su parte, exaltaba su capacidad creativa en un discurso lleno de metáforas que erizaban la piel y transportaban al más distraído a nuevos mundos. Así pasaron media vida y, como no se pusieron de acuerdo, se enemistaron para siempre. Desde entonces no hubo más pensadores.


¡Suicidio!


El pequeño Alonso murió ahogado. Entre lágrimas la madre explicó que había encontrado flotando el cuerpo de su “amado” hijito en la cisterna de la casa. Pero ella bien sabía que aquel jueves por la tarde, después de mirar sus calificaciones lo tomó de los cabellos y le hundió el rostro en el interior de aquella cubeta que él tanto odiaba. Alonso dejó de respirar y el ímpetu de esa mujer la impulsó a lanzar el cuerpo inanimado dentro de la cisterna. Ahora ella gimotea como un perro triste frente a los vecinos, delante del cuerpo hinchado y adjudica el suicidio de su hijo a las malas notas en la escuela y a la borrachera del padre, en un lugar donde la violencia no es novedad.

Ilustrados

Soñé que la clase política mexicana se entretenía en triquiñuelas y subterfugios, mientras la nación caía en mil pedazos, embriagada con la final del reality show. Sólo un sueño. Al despertar salí a la calle y no encontré un alma. Pensé que la revolución había comenzado... Pero no, como es domingo, la clase política vacaciona en el extranjero y millones de familias son víctimas del televisor. Qué triste advertir que por aquí la Ilustración nunca sucedió.

Exorcismo


José Antonio Rojas. 1973.Ciudad de Torreón Coahuila al Norte de México. Posee un libro inéditado titulado: “Ecos de pasos” recopilando sus primeros Cuentos de los cuales se destacan : “He Descubierto Algo Horrible”, “Scrah”,” Luces Rojas”, “Mensaje Urgente” “Eco de Pasos”, “La Muerte Murió al Matar”, “Seres Nocturnos” “Las Claves” “Cactus” “Café y Destino” “¿Cómo se Gana la Vida un Pobre Diablo?” y “Por Encargo”, de donde pertenece el cuento que ahora presentamos:

Exorcismo

—¡Asmodeo! Impregna de obscenidad y lujuria a ese hereje. Belcebú trasforma sus pensamientos en maldad y podredumbre. ¡Lucifer! Acude a mi llamado, dame tu poder y guíame en esta contienda— invocaba el extraño personaje de túnica negra.

Truenos, quejidos y lamentos, vinieron como respuesta. El pentagrama dibujado en la pared ardió en llamas, los retratos e imágenes satánicas cobraron vida. Todo en torno a un joven amarrado de pies y manos a una cama.

La vorágine concluyó con un momento de calma donde una fragancia dulce y floral impregnó el olfato de los presentes. Trinos de pajarillos ambientaban el vuelo de mariposas multicolores que aparecieron por doquier en la habitación.

—¡Es imposible!—vociferó molesto el obispo negro —No hay nada que hacer esta poseído por el Espíritu Santo— le dijo a una compungida bruja que lloraba la desgracia de su hijo.

Emán Publica en Colección Páginas Venezolanas








El reconocido poeta y narrador Gabriel Jiménez Emán, lanzó una novela titulada Averno a través de la Fundación el Perro y la Rana. Esta novela escrita en clave de anticipación, presenta buena parte de los dilemas tecnológicos, políticos y morales que han marcado al siglo XX y parecen pervivir después: terrorismo ideológico, droga y prostitución en círculos políticos y del espectáculo, clonación humana, alimentación transgénica, contaminación ambiental y, sobre todo, el poder global que grandes corporaciones desean ejercer sobre los individuos, manipulando sus conciencias a través del capitalismo de Estado. A estas fuerzas negativas se enfrentan las de una minoría creadora que con el poder del arte, la literatura, la religión y la ética, intentan soslayar el vacío adonde pretenden conducirlos aquellas.

Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950):

Es narrador, poeta, crítico, ensayista, investigador, antologista y traductor. Ha publicado Los dientes de Raquel (1973), Los 101 cuentos de 1 línea (1981), Relatos de otro mundo (1987), Una fiesta memorable (1991), Tramas imaginarias (1991), La gran jaqueca (2002), La isla del otro (1979), Mercurial (1994) y Sueños y guerras del Mariscal (2001).

Ha incursionado también en la poesía con Narración del doble (1978), Materias de sombra (1983), Baladas profanas (1993) y Proso estos versos (1998) y en el ensayo con Diálogos con la página (1984), Provincias de la palabra (1995) y Espectros del cine (1998).

Con Averno, Jiménez Emán ingresa con paso seguro a la tradición novelística de las utopías de ciencia ficción, realizando a la vez una audaz tentativa por insertarse dentro de la bildungsrman o novela de formación.
Para encontrar esta novel puedes visitar a la Librería del Sur de tu localidad.

Fracaso Stereo

Daniel Cardona Ochoa. Colombia.

Dos horas después estoy en la calle. Podría decir que fueron dos horas perdidas. Aunque el auditorio haya aplaudido a rabiar en el momento en que la palabra FIN se apoderó de la pantalla, para mí esta estúpida película fue hecha para ser olvidada. Yo también.

Compro un paquete de rosquillas rellenas de queso y me las voy comiendo mientras camino. Soy una máquina perfecta, camino y como al mismo tiempo. Dos cuadras más adelante un mendigo me pide una rosquilla. Apuro el paso y lo ignoro, simplemente no se me da la gana de regalárselo. Tal vez lo considero una máquina imperfecta, solo camina, no come.

Refelexiono, ya ni quepo en los pantalones y trago igual que un marrano, sin embargo, le niego un pedazo de harina a un cadavérico sujeto que apenas tiene alientos para arrastrarse. La conciencia se me retuerce y la comida se me atora en la garganta. Debo regresar.

Doy la vuelta, 180 grados sin dejar de masticar, tecnología de avanzada. Me dirijo al lugar donde se encontraba el indigente. No hay rastro de él. Me averguenzo de mí mismo. Continuó mi camino.

Llego emparamado de sudor a la videotienda. Por más que camine, por más que sude, jamás podré eliminar las calorías que consumo, no hay nada que hacer, balance energético para principiantes. La administradora me saluda con falsa simpatía. Sé que piensa que soy un gordo asqueroso. Sé que está en lo correcto. Le miro el culo con malicia para que me coja mas asco.

Voy a la sección de películas europeas. Un título alemán me llama la atención. "Sombras nocturnas". Recuerdo haber leído una crítica al respecto en la sección dominical de cine. El que peca y reza empata. Debo resarcirme de la basura hollywoodense que me tragué en el cineclub. Tomo la caja y paso a la sección de comidas. Un paquete de crispetas y dos barras de chocolatinas serán suficientes para acompañar la película. Tal vez no.

En la taquilla dejo caer el DVD y las golosinas. La administradora me hace la cuenta sin dejar de sonreir. En mi cartera tengo billetes limpios pero siempre guardo uno en mi bolsillo delantero para la vieja esta. Le entrego el sudoroso papel. Lo toma con un inocultable fastidio a pesar de su fallido intento por disimularlo. Me entrega el cambio, billetes limpios y aromatizados. Ahora si saco triunfal mi cartera para guardarlo allí, dejándole ver a la farsante que tenía suficientes billetes limpios como para alquilar noventa películas. Siempre le hago la misma jugada. Le miro el culo. Sufro una erección. No deja de sonreir.

Camino con el paquete unas cinco cuadras. El ascenso a través de la inclinada pendiente me hace sudar como una vaca. Tal vez lo sea. La noche es fresca, una leve brisa me baja un poco la temperatura. Llego a mi apartamento. Me acuerdo del mendigo y por alguna razón le regalo una de las chocolatinas al portero del edificio. El tipo es mas gordo que yo pero mi conciencia se tranquiliza.
Llego al cuarto piso con el corazón en la mano. La bolsa con las crispetas, la chocolatina y la película continúan en la otra. Abro la puerta y enciendo las luces. Entro al cuarto, le echo una mirada a la foto que guardo de mi ex-esposa. La fotografía me recuerda que fuí hecho para ser olvidado. Voy al baño y me ducho con agua hirviente.

Con la conciencia tranquila y el cuerpo limpio me dispongo a ver la película. Antes, saco una cerveza de la nevera. Aprieto el play. Cierro los ojos y pienso en la vieja de la videotienda. Sufro una erección. Con una mano tomo cerveza. Con la otra me hago una paja. Eructo. Un leve olor a cerveza inunda mi habitación. Eyaculo. Un olor diferente se mezcla con el anterior.

Niña Afgana


Vanessa Chapman (Caracas). Licenciada en Letras (UCAB, 2001), ha trabajado en proyectos de investigación y creación para la Fundación Edumedia, y actualmente labora como correctora especialista de la Editorial El perro y la rana. Obtuvo en poesía la mención Publicación del XIV Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve, de la Editorial Nuevo Ser (Argentina, 2006). Paralelamente, ha realizado estudios de música y cine, desarrollando distintas actividades en dichas áreas.


Steve repetía su nombre una y otra vez: “Sharbat, Sharbat”, y sonreía complacido. Estaba seguro de que ella era a quien había estado buscando por más de 17 años. Le hablaba con ayuda de un traductor, mientras la veía terminar de hacer la comida de sus tres pequeñas hijas, en la calurosa habitación de su casita de piedra en medio de la nada, bajo el inclemente sol de Afganistán. Steve hubiera podido estar ahí sentado en el suelo de la rústica vivienda por horas, capturando cada una de sus escasas palabras y mirando aquellos recordados ojos. Tan grande era su entusiasmo.


Ella también sentía lo mismo, pero no era recatado de una mujer casada hablar alegremente con un hombre, aun cuando su esposo estaba presente y había autorizado la conversación. (Su esposa parecía ser alguien importante, al menos para estos hombres occidentales que habían atravesado el mundo para hablar con ella. Pero, en realidad, él no sabía cómo su mujer y Steve se habían conocido).


Desde el día en que Sharbat había llegado al campamento, se levantaba muy temprano a traer el agua del pozo para luego ayudar a preparar los alimentos. Por aquel entonces tenía unos 12 años y esa era su rutina de todas las mañanas, sólo que ahora estaban muy lejos de su casa y su remota aldea en Afganistán. Atrás había dejado la vida de sus padres, sus cabras y cuanto conocía. La guerra, como un huracán, la empujó hasta ahí, pero no era un lugar desagradable. Les daban ropa y una porción de granos y harina todas las mañanas, y podía salir a jugar con los demás niños durante el día.


A pesar de no ser nuevos, A Sharbat le encantaban los colores vibrantes de su camisón verde y su pañoleta roja. Lamentablemente, no podía mantenerlos libres del polvo que azotaba el campamento. Como el sol, también el viento era inclemente con las personas y en nada les ayudaba a combatir el calor. Sharbat siempre había manifestado el desagrado de tener el pelo enmarañado por la brisa seca y de sentir el polvo colándose por entre la ropa, causando escozor en su cuerpo. Por eso, luchaba por mantener sus cabellos sujetos con la pañoleta, además de sacudirse de vez en cuando la tierra que se acumulaba en su regazo mientras jugaba sentada junto a una tienda.


De repente, se produjo mucha agitación en las cercanías. Los adultos hablaban entre sí y entraban y salían de las tiendas. Los niños, curiosos, corrían a averiguar qué estaba pasando pero los espantaban como a las aves cuando les arrojan una piedra ―pero que, como ellas, regresaban pasado el peligro.


Sharbat también quería saber el motivo de tanto movimiento y caminó entre las tiendas hasta ver un grupo de personas descargando aparatos de un camión. No los conocía, y no parecían traer alimentos. Entonces, ¿a qué venían? Con pasos precavidos pasó junto a uno de los hombres, quien sin embargo la notó y se quedó maravillado. Empezó a hablar en otro idioma a sus compañeros, y señalaba su cara como si nunca hubiera visto una. Era Steve, un fotógrafo enviado por National Geographic a buscar imágenes del drama social que vivían los desplazados por el conflicto soviético en Afganistán. El trabajo del fotógrafo era muy claro. Sin embargo, el bello rostro de aquella niña cambió sus planes por completo; un hermoso decorado con unos indescriptibles ojos verdes como el mar imaginario que le faltaba a su país, profundo como el sufrimiento que habrían padecido ella y su pueblo, inmaculados como la belleza misma de la juventud.


Sharbat empezó a sospechar que este hombre se quería casar con ella. Steve habló con los adultos del campamento y estos la invitaron a entrar en una de las tiendas donde instalaban los aparatos descargados del camión. Una joven mujer occidental, vestida con blue jeans ―para asombro de Sharbat― y franela blanca la llamó y le hizo tomar asiento. A su alrededor colocaban lámparas, desplegaban pantallas y otros curiosos implementos generando un ruido parecido al de moscas atrapadas en un frasco. La mujer le quitó la pañoleta y empezó a peinar sus rebeldes cabellos. Sharbat se sintió algo avergonzada de su aspecto, e inconscientemente contribuyó en su arreglo sacudiéndose una vez más el polvo de la ropa y secándose el sudor del cuello con las mangas del camisón.


En un momento, todos en la tienda dejaron de moverse y reinó el silencio. La mujer de blue jeans volvió a colocar el velo de Sharbat en su sitio y le dijo algo que ella no comprendió. Luego se alejó y ella quiso seguirla, pero los brazos de la mujer haciendo un gesto de detenerse se lo impidieron.


Steve, al otro extremo de la tienda, sostenía un extraño artefacto delante de su rostro. Sharbat no había notado que se dirigía a ella hasta que alguien le pidió, en su idioma, voltear hacia él. Estaba segura: ¡la iban a casar con ese señor! La volverían a llevar lejos, y ya no podría jugar con sus nuevos amigos, y quién sabe dónde estaría su nuevo hogar. El momento no se podía evitar: volteó entonces, envuelta en todos estos pensamientos, hacia él. El aparato que Steve sostenía sonó como si algo se le hubiera roto adentro, ¡y eso fue todo! Le dijeron que podía irse, y ella partió muy contenta de no haber sido entregada a nadie y de poder volver a sus juegos.


Sharbat no supo ese día que le habían tomado una foto. Steve la buscaba desde entonces, pues, según le contó, muchísima gente estaba impresionada por sus ojos y querían saber más sobre ella. (Todo el asunto era sorprendente para el marido de Sharbat, a quien los ojos de su mujer le parecían tan comunes como cualquier otro par de ojos en una cara). En el fondo, Sharbat tampoco entendía por qué se interesaban tanto en ella y después de tantos años, pero en el fondo se sentía complacida de ser el centro de interés de alguien más allá de su familia, y se afanaba en terminar sus quehaceres para permitir que Steve la fotografiara una vez más.

Conejo


Katherine Castrillo (Caracas, 1985) Tesista de Letras de la UCV. Lectora-investigadora del Módulo de ediciones infantiles de la Fundación editorial el perro y la rana.

Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño,
así una vida bien usada causa una dulce muerte.

Leonardo Da Vinci.


Chela dice que cuando Conejo tenía catorce años ya bajaba saltando placas y techos de zinc desde El Chinchorro como si fueran la continuación de los escalones de El Rincón a donde iba a parar, los que daban a su casa detrás de un tanque. Yineth, la hija de Chela, quien luego se convertiría en la última mujer de Conejo, me dijo que a los dieciséis años la policía allanó la casa de él, de su mamá, y encontraron las bolsas de cocaína y las moñas de marihuana metidas en varios de los seis cuadrados de los bloques de las paredes. Esa vez se lo llevaron, pero quizá por unos supuestos amigos en “Canadá” salió rápido.

También nos contó una vez Juan Rabito, el que según tiempo después mató a su mujer a machetazos y metió los pedazos en las bolsas negras que encontraron en el río Guaire, que aquí en el barrio no hay muchos malandros porque Conejo acabó con ellos, o con casi todos, menos con el que lo mató a él. Que con el tiempo se convirtió en lo que la cultura eurocéntrica llama Robin Hood, certeza de calma, guarda de paz, pero no repartidor de breves riquezas. Que en las tardes de papagayos no había tiros cuando había entuque, que en carnaval y que no mataban por mojar al que no era, y que por eso los niños podían subir y bajar la escalera de El Rincón todos los días, precipitándose peligrosamente en ella durante la ere y la coronita, ir al colegio y hasta bailar tambor en la calle los sábados en la tarde frente a la casa de Maritsa, la que movía los labios como si hablara bajito, como dos caracoles tratando de avanzar hacia una misma esquina de su rostro, la hermana de Morocho, el piedredro que de joven le pegaba a la mamá, el único al que Conejo le perdonó la vida porque una bala en la cabeza lo dejó repitiendo llévame pa tu casa, y reptando desde la escalera de El Rincón hasta Altamira.

El apodo lo llevó desde que una culebra que iba los domingos a misa y llevaba un saquito de huesos en el bolsillo izquierdo lo buscara para matarlo, pero se negara a referirse a él por su verdadero nombre: Jesús. De modo que los grandes dientes superiores del hijo de Cristina, dobleblancos incrustados verticalmente en la encía, le dieron el apodo por el que la mayoría lo conocíamos. A la culebra la mató Conejo, según, pero nunca hallaron el cuerpo.


Cacharra, Jorge, como le dice mi mamá, el hijo de María la negra, era amigo de Conejo y me contó que en una ocasión Conejo le refirió cómo él y Caleta empezaron a acabar con los malandros del barrio, primero porque les tumbaban la plaza y después porque, según le contó Caleta a Cacharra, un día Conejo empezó a hablar y que de un sentido de justicia, con otras palabras, que no quería que llegaran de otros barrios a joder la zona, y que empezó su legado cuando supo quién fue el que robó a un vecino, un obrero de construcción que acababa de recibir su quincena. Conejo cazó al que robó al viejo y de frente le dijo por diablo, y le metió siete tiros.


Así en el barrio se generó una contradicción, porque la gente también le tenía miedo a Conejo, tanto como al resto de los malandros, pero desde ese día y cada vez que Conejo mataba a alguno que robara, matara o se metiera con la gente del barrio se despertaba cierta alegría que muy pocos se atrevían a manifestar públicamente. Varias veces yo escuché decir a la señora María, no la negra, sino la blanca, la gocha, a la que le pegaba el marido, ojalá maten a esos malditos que me robaron, y cuando un día amanecían muertos y varios habían visto a Conejo hacerlo, entonces la señora María comentaba con Columba, la mujer del narcotraficante colombiano, que eso era malo, que eran malandros pero no para tanto.


Tiempo después nos mudamos, y Dayerlin mi comadre, mujer de Bolúo, el que mató a Conejo, la hija de Columba y madre desde los quince años, llamó a mi mamá y le contó.

Conejo después de años de ajusticiamientos se metió a vivir con Yineth, se salió de la venta de drogas y se puso a trabajar en una construcción con el primer señor por el que tomó venganza. Ganado el respeto por largos años de limpieza en la zona 9 de José Félix, Conejo subía y bajaba la escalera de El Rincón y hasta iba a El Chinchorro sin saltar placas. Daye, mi comadre, nos dijo que una tarde de sábado ya sin tambor, frente a la casa de Maritsa y la de Rosita, la mamá de las morochas con cejas de portuguesas, las que nunca se casaron, estaba Bolúo montado en su moto haciendo piruetas y tomando cerveza, las dos cosas al mismo tiempo. Ya los niños en un interior enrejado, tragando humo del tubo de escape de Bolúo, tenían tiempo sin besar la calle. Conejo bajó ese día hasta la casa de Rosita para tomarse una cerveza, vio a Bolúo en sus piruetas y le comentó a una de las morochas rebota a ese becerro, la morocha no notó la seriedad de la máxima de Conejo y entró a la casa después de entregarle la cerveza. Conejo miró la calle reducida a tierra yerma, basurero de botellazos y cartuchos quemados, miró de nuevo a Bolúo, jinete sin ley, bacante sometedor, algo vibró en el interior de Conejo, tal vez ese sentido de justicia que me dijo Cacharra, esa sensación de territorio perdido. Conejo no tenía ya el dulce hierro que lo acompañara en la defensa de la zona, la escalera y la plaza, pero aun mantenía el arma de la palabra, un iris infatigable y la fuerza de su propia justicia. Se acercó Conejo a Bolúo y le dijo mira, pana, mosca con los chamos, abre cancha pa que jueguen. Bolúo con una pupila que era toda negrura, miró a Conejo, sacó su pistola y le metió tres tiros porque no tenía más balas.

La señora Rafaela, la abuela de Leidi, novia de Gruber, el malandro más feo del barrio y uno de los mejores amigos de Conejo, llamó a mi mamá para decirle que Leidi fue al entierro de Conejo, que eso estaba lleno, que todos estaban, todos desde Cristina la mamá, Cacharra, las dos Marías, la negra y la blanca, Columba, el obrero, Chela, la suegra, Yineth, la mujer con los dos hijos más una barriga, Caleta que llevó un equipo para poner Nadie es eterno de Tito Rojas y variada salsa erótica, Morocho que llegó caminando hasta el cementerio del oeste. Todos lloraban por Conejo y muchas mujeres se abrazaban y decían que gracias a él sus hijos, ya hombres, bajaron seguros al colegio, que a sus hijas no las tocaban cuando pasaban por la cancha. El cementerio era un cuadro en el que compartían óleo la más profunda tristeza y la alegría de enterrar un tesoro. La señora Rafaela dijo que quería ir pero estaba muy enferma, solo faltamos unos pocos, nosotros por enterarnos tarde, mi comadre por respeto a la viuda, el marido de mi comadre ni explicarlo, y Juan Rabito porque estaba solicitado por la policía desde que unos indigentes encontraran unas bolsas en el Guaire.

Ejercicio de brevedad


Liz Rosbery Rojas Camacho, Barquisimeto, 1985. Profesora de Castellano y Literatura egresada de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador en Julio de 2009, actualmente cursa una maestría en Lingüística en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador.




Verónica camina por las calles cercanas al puerto, su cabello como colgantes conchas de nácar resplandece con la luna. Camina despacio mientras la música se aleja, el cortometraje de Roberto bailando merengue y besuqueando a Lucia le arranca llanto.


Juan Antonio desde la orilla inhala el aire húmedo y siente en su cuerpo el calor de la tierra, sus ojos se llenan de la luz de las casas y los rostros conocidos.


El paso lento de Verónica la deja sentir su pecho oprimido, las olas rompiendo en el malecón y el carnaval cesan en sus cavilaciones Juan Antonio lleva el peso del bolso que tomó para partir hace siete años, puede ver la calle vieja con el alboroto de las fiestas de agosto.


Verónica lamenta su mudanza a Lanceros, piensa que prefiere prestar servicios en el hospital de algún otro pueblo lejano.


Juan Antonio siente su corazón marchar como un barco que corta el viento, quiere volar, abre su boca para absorber el lugar de sus recuerdos. Corre, corre inagotable por la calle del centro persiguiendo a la música, y se maravilla al ver una mujer que con vestido blanco lo recibe, la mira y un impulso lo hace besar la boca que cree de avellanas.


Verónica sin percatarse se encuentra cercana al cuerpo sudoroso de un desconocido, del cuerpo con olor a sal que la besa inconteniblemente. La música regresa a sus oídos, siente que el mar baña su piel, y en las calles cercanas al puerto carcajadas y aplausos los miran.

Mi encuentro con el rayao


Amaury Gonzalez. Distrito Capital.




Era algo habitual para mí llegar a mi casa en horas de la madrugada los fines de semana, al término de una noche de barranco con los panas, de una velada con algún resuelve o menesteres más tranquilos. El hecho era que en mi barrio me conocían y nunca había tenido problemas de ningún tipo cuando de llegar a las cuatro, cinco o seis de la mañana se trataba. De hecho, yo crecí en ese barrio y maneje bicicleta y jugué metras y trompo con todos aquellos que pateados por el sistema, prefirieron el camino del pitillo y el yerro. Para estos personajes, que siempre fueron mi gente, el mundo nunca fue más allá del barrio. Muchas veces llegue borracho al amanecer, y varias de esas me encontré con algún malandro que pegao, me saludaba en la estricta jerga; sin embargo ese lenguaje siempre expresó para mi una especie de solidaridad de parroquia. Por lo general, quien se me cruzaba me pedía un cigarro pa matar su barranco o algo de pasta para pagar el vicio.

Una noche de esas, despuntando un domingo, llegue mas temprano de lo acostumbrado. Eran las dos y treinta y por alguna razón -talvez por estar lejos la quincena- las veredas y callejuelas del barrio estaban desoladas y más oscuras de lo normal. Insólitamente podían escucharse los pasos de los perros y los gatos correteando por los techos, y más cuando algunos eran de Zinc. Me dio un escalofrió extraño que atribuí inmediatamente al viento frió y a un súbito rocío, casi cinematográfico, que comenzaba a empaparme; me llamo la atención que del callejón caliente, -nunca supe porque le decían así- salía una monótona voz, un rumor fantasmal de alguien que parecía que estuviera rezando, pensé que era una simple diálogo entre dos compadres mamándose el resto de una de pecho cuadrao pero no, la voz era una sola y parecía estar hablando con un animal, o peor, consigo mismo.

Pase frente al callejón como siempre lo había hecho, sin voltear, como queriendo llegar rápido a mi destino. Apurado, mis botas hicieron eco en aquel negro pasaje y la voz se tornó más fuerte; escuché, creo, violentas imprecaciones que me preocuparon. Se manifestaba ahí un sordo resentimiento, un absceso de misantropía mundana, una locura reprimida que esa noche parecía aflorar alegremente. Miré de reojo pero terminé volteando, no pude evitar voltear. Me miraba fijamente, era un tipo alto, con un andrajo de pantalón, perfilado, entre la oreja y la mejilla derecha se dibujaba una fina raya que en ese momento pensé le hicieron con una hojilla, portaba un sobretodo de cuero sin brillo que llevaba abierto; estaba despeinado y decir que estaba borracho sería un eufemismo. Borracho estaba yo. Me exalté cuando me miró como si me conociera, como si me hubiera estado esperando toda esa noche; tenia unas botas como las mías y se sonreía burlonamente, como compadeciéndose de mi por ese encuentro. Insólitamente sonreí, y esa sonrisa –estoy seguro- fue por reflejo y fue como un llanto sin lágrima. No dudo que para el rayao –en ese momento lo reconocí- esa sonrisa fue algo inútil.

Me respondió con una sonrisa, con el rictus del que sufre un delirium tremens –pero conciente-. Aquel ser prorrumpió en un grito desgarrador que me pareció de guerra. Como podrá imaginar el lector no estaba muy lejos de mí. Empezó a perseguirme, primero caminando, después trotando hasta correr. Se tambaleaba pero no perdía nunca el equilibrio, portaba en su mano una especie de herramienta filosa, húmeda y metálica. Era un chuzo y me pareció que ya lo había usado. Perdiendo el color en el rostro –porque uno no sólo se ve pálido sino que se siente pálido-, la leve borrachera que tenia desapareció en el acto y empecé a correr, ingrese a las veredas del barrio, estrechas y llenas de colillas de cigarro, pitillos y botellas de guarapita de guanábana, famosas en la zona. En una encrucijada, una de ellas casi me hizo caer en un pozo de agua estancada conocido por ahí. Mi perseguidor gritaba y se reía alternativamente y cambiaba aparatosamente el chuzo de mano, note que una especie de espuma blanca le corría por la boca, esto último me hizo pensar que me estaba alcanzando, no se como los vecinos no se despertaban con los alaridos de aquel desaforado ser; el hecho es que escuche mientras corría ya sin aire –había decidido no voltear mas- una aparatosa caída; el rayao había perdido los estribos y se retorcía en el suelo irregular, como convulso, había caído cerca del container de la basura.

Aquel hombre, como les dije, era el rayao, un malandro de la vieja pata de quien se sabía pagaba una cana de 30 años. Esa noche se había fugado. Buscaba camello y venganza. En su locura ya había matado a cuatro y yo casi no lo cuento. Su chuzo quedó en el suelo envuelto en un trapo sucio, no pudo mancharme de sangre.

Amaury González V.

Sobre Cenizas


Enrique Plata Ramírez. Nació en Maracaibo, Zulia (1959). Narrador, Doctor en Literatura (Summa Cum Laude) en la Universidad Complutense de Madrid (2004). Magíster en Literatura Iberoamericana y Licenciado en Letras (ULA), Profesor del Instituto de Investigaciones Literarias (Facultad de Humanidades, ULA). Con el cuento Quilitoño fue acreedor del I Premio de Cuentos «José Benedicto Monsalve» (Diario Frontera, Mérida, 1989), Finalista del Concurso del Cuento Zuliano. Maracaibo, 1987. Menciones en el Concurso Internacional de Cuentos «A quien pueda interesar» (Tamaulipas, México, 2000) en «IV Concurso Internacional de Relatos Jamais» (Sevilla—España, 2001), en Concurso de Cuentos «Casa Nacional del Teatro» (Santo Domingo, RD. 2001). Premio «I Concurso de Novela Corredor del Henares» (Torrejón de Ardoz, España, 2002). Finalista en II Concurso de Cuentos «Melpómene», Villa de Ingenio (Las Palmas Gran Canarias, España, Abril 2002), en I Concurso de Cuento Breve y Cuento Erótico (Alternativa Editorial, Galicia, 2002). Ya no estás más a mi lado corazón, recibió el Premio de Novela 2003, de la Asociación de Profesores de la ULA, Mérida, y Al acecho de la postmodernidad, Primer Premio de Ensayo 2004., de la Asociación de Profesores de la ULA.

Publicaciones

Nárvera: ¡Calores! (Mérida, 1988), Azares y otros cuentos (Mérida, 1997), «Tu cuerpo como la noche». En: Molto Vivace. Antología de Cuentos Musicales (Madrid, Páginas de Espuma, 2001), Actos de Magia (Madrid, ACL «Corredor del Henares», 2002), «Actos de Magia». En: Antología de cuentos inéditos 2 (Sevilla, Jamais, 2003). Harot: o la venganza de Polifemo (Mérida, Solar/ AEM, 1999) y Ya no estás más a mi lado, corazón (Mérida, APULA, 2004. Al acecho de la postmodernidad (Mérida, Asociación de Profesores de la ULA, 2005). Cuentos y cuentistas. Presencia de un nuevo lenguaje narrativo (Madrid, ACL «Corredor del Henares», 2003). Inéditos: Quilitoño, Los Regresos; Territorios Sagrados y otros espacios cercanos I y II; Yo no he visto a Linda, y Strike Cantado.


SOBRE CENIZAS

(fragmentos)




1

El teléfono repicaba furiosamente. Afuera caía una fuerte nevada que me mantenía escondido bajo las sabanas. Serían las dos o tres de la mañana y por nada del mundo quería levantarme a atender, seguramente se trataba de algún necio que llamaba para fastidiar. Me arropé hasta la cabeza y olvidándome del teléfono volví a quedarme dormido. Me levanté muy tarde, cerca del mediodía, monté la greca del café, me di un baño, preparé el desayuno y me dispuse a escuchar los mensajes. En un rato debería estar saliendo al trabajo. Afuera seguía nevando y supuse que muy pocas personas andarían pateando las calles madrileñas.

—¡Amor, sé que estás allí! –dijo una voz muy agitada, como si algo espantoso la persiguiera, o quizá, como si acabara de develar un terrible secreto– ¡he encontrado el umbral!... Esta misma noche lo traspasaré –reconocí la voz de Cecilia– trata de no demorarte, estaré del otro lado aguardándote... ¡Te amo negro! –Colgó. Sentí la excitación de su voz por aquel supuesto umbral que acababa de encontrar y juro que no alcancé a comprender nada de lo que decía.



2

Algunas veces tengo la sensación de que alguien me vigila. Es algo que me resulta muy incómodo, y de alguna manera indescriptible, por ejemplo, cuando sientes la mirada penetrante de alguien que por cualquier razón no cesa de mirarte desde un rincón o lugar que no alcanzas a descubrir. Otras veces siento como si un ser indefinible, etéreo, me observara permanentemente, como si yo habitara detrás de una gran pantalla cinematográfica y unos ojos –o muchos ojos, cientos de ojos, miles de ojos, los de todos los espectadores o curiosos– siguieran cada uno de mis pasos, de mis movimientos, por extraños y banales que parezcan. Esta sensación me escuece enormemente, y cierta angustia y temor me invaden al pensar que alguien ordena, desde alguna parte que no alcanzo a vislumbrar, cada uno de los actos que debo realizar, incluso, cada una de las palabras que debo decir, y más aterrador aún, mis pensamientos, como si existiera una fisura cerebral por medio de la cual ordenara todos mis actos.

Son esos los días en que me creo una marioneta movida por los más delgados hilos de la vida y anhelo encontrar un lugar remoto donde poder esconderme, pero aquella mirada implacable me persigue por todas partes, sin darme tregua, ni un mínimo descanso. Siento su pesada fuerza caer sobre mis hombros, como si el acto de la mirada me ajusticiara por algún crimen implacable. Soy Caín, acusado por todos, sin poder encontrar un lugar para esconderme y darle reposo a mis huesos. Quedo, entonces, plenamente a disposición de las parcas y muchas veces deseo que una de ellas corte el puto hilo y me deje caer al abismo de la nada.

Es una sensación terrible, de angustia y desasosiego, porque dudas de tu existencia, porque piensas si tú (yo en este caso) no eres el Otro (o no eres nadie), quien está detrás de la pantalla, o eres un ser de pacotilla, un figurín de una pantalla cualquiera. Del televisor o de una computadora, por ejemplo. Es cuando anhelo una calle larga, que sea la salida de estas regiones inverosímiles; una calle en donde pueda abandonar todo mi temor, mi espanto; una calle larga, muy larga, para echar a correr y que nadie pueda detenerme jamás; una calle larga que, paradójicamente y por alguna inexplicable razón, me atemoriza...

Resulta horrible esa sensación. Desesperante, porque te produce cierto escozor en alguna parte de ti. Es asqueroso sentirse vigilado, atado a unos actos y hechos que muchas veces no queremos realizar, que de cierta manera sabes que no son tuyos, que quisieras rechazar pero no puedes ¿Será que desde alguna dimensión otra, alguien, un dios o un humano, nos dicta las pautas que hemos de seguir durante toda nuestra vida? En alguna parte ha de existir una puerta o una ventana que sirva de conexión o de entrada a otro mundo, mundo de realidades y pesadillas angustiantes o de virtualidades agobiantes. Será una entrada secreta que permita acceder al más allá, por donde podremos huir, escapar. Sé que voy a encontrarla, seguramente al final de una calle muy larga.

Siete niños van corriendo por una calle larga, todos tienen miedo. La calle se vuelve un callejón sin salida y a mediodía, cuando alguien baja el interruptor, todo se torna oscuro, regresan las tinieblas, la medianoche se instala en los corazones y el vacío, reina. Ojalá tuviéramos otras razones para tener miedo. Siete niños corren por una calle muy larga...



3

Algunas veces nos toca representar papeles distintos a los nuestros. Yo, por ejemplo, en ocasiones he sido mi padre, mi hermano y mi propio rival. Tampoco le encuentro sentido el tener que representar nuestro propio drama, a fin de cuentas no es más que la forma de aflorar nuestras pulsiones, nuestros bajos instintos, nuestras pasiones.

Cuando soy mi padre y debo saltar por encima de él, mi rival me agrede, me escupe y suelta una sarta de idioteces. En ese instante me recojo sobre mí mismo y comienzo a soñar. El sueño siempre será una posibilidad de escape.

Aunque también puede resultar una pesadilla. De alguna manera, es la posibilidad inmediata que tengo de reencontrarme con Mariela.



Fecha: Marzo 10 de 2001 9:46:55 AM / De: "Mary"

mmariela@unicornios.com /Asunto: estás bien????? /

Para: "El DinosaurioRojo" eldinosauriorojo@dinosaurios.com /

Hola!!!!!



De nuevo apareciste en mis sueños. Estabas en tu casa, tenías una pierna rota, no podías caminar y por ello no me habías escrito, no sé cómo me enteré pero cuando lo supe decidí ir a visitarte. Llegué a tu casa con mi madre, mi hermana y una amiga, y estabas allí con tu pierna enyesada, recostado en un sofá, que se veía muy cómodo por cierto, con libros alrededor, y lo mejor, sonriendo y bromeando como siempre... Espero que todo esté bien. Besos y un caluroso abrazo. MM.



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Nunca he creído mucho en eso de los sueños, que es como decir me importan un pito Freud, Jung, Lacán, y toda esa cuerda de pirados que se han dedicado al estudio de los sueños. De los sueños de otros, desde luego y nunca de los de ellos mismos.

Siempre ha habido un interés lúdico y morboso por abordar los espacios del otro, por transgredir sus ámbitos y violar sus territorios, sólo para achacarle a ese otro lo que no queremos ver en nosotros. En última instancia, si quisiera aceptar una especie de premonición o vainas de esas, prefiero la historia de José, el judío vendido por sus hermanos.

Debe ser bien jodido tener a un hermano narcisista, egocéntrico, que a cada rato te esté recordando que él es el elegido de Dios y uno que no pasa de ser un bolsa de mierda que ni siquiera el fulano diablo, Luzbel,Satán o como coños se llame, te preste atención y menos aún te invite a participar de su sublevación intergaláctica.

Es allí cuando te das cuenta que no eres nadie, que tu vida no vale una mierda y que los charros mexicanos tienen razón cuando comienzan con su llanto quejumbroso de si "No vale nada la vida, la vida no vale nadaaa...

Se empieza siempre llorando y así llorando se acaba..."

La vaina que producía cierta envidia con respecto a José, era que podía encontrar las claves ocultas en los sueños, claro siempre las claves que mandaba Dios, y ha de ser bien arrecho eso de estar recibiendo señales de Dios. Porque debe resultar del carajo llegar y decirle a la jeva que a uno le gusta: "¡Epale mujer, tú sabes que Dios, Nuestro Señor, me dijo que tú eras la jeva de mi vida..." Y mirarla después, directamente a los ojos, y ver para donde coge con esa pata hinchada. De puta madre debe ser todo aquello.

Sin embargo, más realistamente, creo que la mayoría de las veces los sueños sirven para esconder nuestros temores, nuestras frustraciones, nuestros deseos, y en algunas ocasiones para mostrar nuestros anhelos, nuestras ensoñaciones y nuestras carencias, desde luego. El mundo de los sueños es otro espacio del cual, si lográramos arribar adecuadamente, no regresaríamos, en el supuesto caso de que nos fuera favorable, o saldríamos pitando, si nos resultara tenebroso, terrorífico, horroroso, y cosas de esas.

Y es que debe ser bien jodido encontrarse al conde Drácula en uno de nuestros sueños. Y uno también con la pata enyesada para donde coge. A dar brincos en esa puta cama para que el coño loco vampiro no te muerda el cuello y evitar convertirte en un pálido inmortal, y cuando regresas, cuando vuelves a la oscura realidad de aquella noche de pesadillas, te encuentras con las bolas arrugadas y chiquititas, recogidas sobre sí mismas del puro espanto nomás.

—Los sueños, por cierto, son como las mujeres: imprevisibles. Tú sueñas una vaina y juras que significa tal cosa pero es lo contrario. Igual pasa con las mujeres, cuando te dicen que no es que sí. Nunca he podido comprender a ninguna mujer, eso sí, las prefiero a cualquier hombre aunque se cuele en esto una posición machista, total, quién dijo que el machismo era malo, y menos aún después de haber descubierto la insurgencia del hembrismo, tan funesto como el machismo. A fin de cuentas, el machismo era la institución por medio del cual nuestras madres mantenían el dominio de los hombres de la casa.

Había una sana manifestación del machismo impulsado por nuestras madres. Deformado sólo por unos cuantos estúpidos que creían que caerle a coñazos a la mujer era sinónimo de gallardía. Una vez leí por la prensa acerca de un fulano que había seguido a su mujer hasta comprobar que le era infiel y la esperó pacientemente en casa, esperó incluso que se duchara y se acostara, luego, metiéndole un coñazo en la mandíbula que la dejó sin sentido por un rato que debió ser muy largo, la desnudó y la ató a la cama. Cuando la tipa despertó, le había cortado los pezones y jugaba con ellos con cierto placer demoníaco. No pudo gritar porque tenía la boca vendada, así tuvo que soportar que le depilara la cocoya y se la fuera rebanando lentamente, haciéndole una incisiva ablación, con cierta locura y sadismo, primero el clítoris, luego los labios mayores y finalmente los menores, y peor aún, que el fulano comenzara a digerirla mientras se masturbaba sobre el rostro de ella. Después le corto una mejilla y volvió el tipo a masturbarse sobre ella, mezclando el semen con la sangre; más tarde le rebanó una nalga y una teta completa, y vuelta el tipo a masturbarse; así hasta que la fulana murió desangrada y se enteraron del asunto porque una hermana de la tipa llegó de improviso a visitarlos y se encontró con aquel dantesco espectáculo, con el tipo desnudo arriba de su mujer. La hermana salió dando gritos, asustada y creyendo que el hombre podía agredirla a ella también El fulano ni siquiera intentó vestirse, terminó de hacerle el amor por enésima vez, y esperó pacientemente a que llegara la policía y se lo llevara. Alegó que sólo quería darle un escarmiento en carne viva.

Aquella historia dantesca, contada por el fulano mismo a una de esas revistas amarillistas de crímenes pasionales y cosas por el estilo, me dejó alucinado por mucho tiempo. Sólo que la misma estupidez se repite con el hembrismo, las mujeres prepotentes que consideran que jodiendo al hombre, incluso a sus hijos, se están redimiendo de no sé cuántos miles de años de atropellos e injusticias.

Las mujeres son los seres más extraños del universo. Hoy te dicen algo y mañana le dan la vuelta y te dicen que jamás dijeron eso, sino todo lo contrario y lo arrecho es que te lo hacen creer. Y no es la paja esa de que si los hombres son de Marte y las mujeres de Venus. Esas son pazjuatadas para sostener la época, el momento, el bestsellerismo. Hasta tanto no entendamos que hombre y mujer son dos mitades exactamente iguales, sin que uno sea mejor que el otro, ni siquiera complemento del otro, nunca podremos afirmar que el ser humano sea plenamente feliz e igual. La diferencia, más allá de la vaina sexual que cada cual lleva entre las piernas, está en el cerebro, es decir, como hay hombres inteligentes hay mujeres inteligentes; como hay hombres estúpidos las hay también mujeres. Eso es todo, el aprovechamiento de la inteligencia, y tampoco por aquella paja de la seducción, de lo erótico y tal y que sé yo.

Eva sedujo a Adán al verle aquella erguida serpiente entre las piernas, pero Adán estuvo así al ver la higuera que Eva llevaba consigo. Uno y otro, para decirlo en términos orientales, no son más que el yang y el yin. Y que me llamen machista, si las mujeres tienen derecho a declararse feministas, yo tengo el mismo derecho a declararme machista. Aunque muchas veces mi mujer me grite: "¡Hoy te toca dormir en el suelo!"



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Lo de Mariela es bien extraño. Ambos vivimos huyendo de nosotros mismos. Sé que llevo todo un caudal de sentimientos nobles y firmes hacia ella, pero también sé que, por alguna poderosa razón, debo distanciarme, alejarme lo más que pueda. Sé que ella siente tanto como yo, aunque siempre lo niegue o pretenda ocultarlo. Incluso por encima de las frustraciones y desencantos.

Hay una búsqueda mutua, uno de la otra, o a la inversa, es una búsqueda permanente, incluso en los sueños, como si no existiéramos más que ella y yo. Ella siempre intentando protegerme, que si una pata rota, o la pata hinchada, o cosas así; yo siempre queriendo amarla: en mis sueños hay un Café pequeño y nosotros solemos encontrarnos allí. De fondo una vieja canción de The Beatles. A veces nada nos decimos, sólo nos tomamos de las manos y nos quedamos mirando mucho rato. Otras le leo poemas o ella cuenta sobre mitos y leyendas, en especial sobre un gallito de oro que su abuelo, gallero reconocido, solía llevar consigo a todas partes. Es un Café que se encuentra en una calle poco concurrida, a las afueras de la ciudad. Las personas entran y salen y nosotros allí. Luego, muchísimo rato después, cada cual toma su camino.

Lo curioso es que en el sueño pareciera que nos estuviésemos viendo a escondidas, como dos furtivos amantes, pero luego al regresar a casa, la encuentro allí, tan hermosa, tan radiante, y no pasamos de un frío hola.

Como si fuera mi mujer desde hace diez años y nos estuviésemos engañando con nosotros mismos. Nunca se lo he contado porque de seguro se echaría a reír y exclamaría ¡Qué loco eres! Pero eso es en uno de mis sueños. Una vez sentí que debía huir de su lado y me fui. Quería estar lo más lejos posible, para olvidarla quizá, para sacudírmela, para sacarme ese espanto hermoso que me hace llevarla en alguna parte de mí mismo. Esa fue la primera vez que llegué a París.

Llovía y hacía un frío de puta madre. La llevaba tan adentro que su recuerdo me rasguñaba y me hería y me producía fisuras por donde se escapaba su imagen, su risa, su mirada.

Tiene la mirada más hermosa que jamás haya contemplado. Es una mirada cálida y muy tierna, como si con ella pretendiera abrigarme, protegerme.

Quizás sea eso lo que más me atraiga de ella. Es una mirada infinita, apacible, pero a la vez muy lejana. Como si escondiera algo oscuro, tenebroso, pecaminoso, no lo sé, algo indefinible.

Sé que con ella ha querido muchas veces abrigarme, pero por alguna extraña razón, aunque la amaba como a nadie, yo deseaba huir de su lado, sentía que necesitaba estar lejos y por eso llegué a París. Era primavera, llovía y hacía frío. Me dediqué durante un mes a caminar, a deambular por todas partes, a cumplir el ritual del turista o del vagabundo, a ir y venir sin motivo aparente, y sólo días antes de regresarme le envié un email: Fecha: Jueves, 18 de Mayo de 2000 10:44 a.m.



De: "El Dinosaurio Rojo" eldinosauriorojo@dinosaurios.com

Asunto: viaje Para: "Mary" mmariela@unicornios.com



¡Hola mujer!

Estoy en París, asombrado y boquiabierto en esta ciudad infinita. Deseo verte el martes, si dios lo permite, no te comprometas, por favor, hasta el viernes, pues espero secuestrarte hasta ese día. Un abrazo. Yo, el dinosaurio rojo.



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Todo regreso implica siempre la posibilidad de un encuentro con alguien. Yo añoraba verla, abrazarla y decirle lo que sabe y no acepta. No entiendo por qué tenemos que huir de nosotros mismos, como si un dios pequeño, irascible y voluminoso quisiera distanciarnos. Algunas veces somos el envés y el revés, la derecha y la izquierda, el punto donde convergen y distancian lo anterior y lo posterior. Somos parte de aquellos siete niños asustados que recorren la calle, que huyen de lo cuadrado de nuestro mundo interior que ha sellado cualquier atisbo de salida.

Una bandada de palomas levanta vuelo desordenadamente, parecen querer huir hacia otro cielo, más brillante, más lejano, en donde no haya guerras ni vacíos ni llanto. Las palomas son muy blancas, aunque a veces parecen oscuras y cuando se alejan, puntitos grises en el cielo gris.

Desde una ventana de cristal, alguien observa todos aquellos movimientos. Su universo parece una hoja en blanco que de pronto se va llenando de huellas, de manchas, de pasos... Siete niños corren por una calle muy larga, todos tienen miedo...



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¿Y si no fuéramos más que la vieja fotografía en sepia colgada en alguna pared, contemplada nostálgicamente por alguien que alguna vez nos amó?

¿Y si no fuéramos nosotros mismos, sino las imágenes de aquellos archivos aparecidos de pronto mientras un Otro crea mundos disímiles y distantes en el disco duro de alguna computadora?