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Ensayo del Tiempo


Daniel Ramírez Meléndez. México 1973. Escritor de innumerables cuentos, ocho novelas, y ensayos de corte científico, además de más de doscientas canciones que permanecen inéditas.

Tiempo es un postulado de que las cosas persistirán ahí.

Es el desplazamiento de las partículas en el espacio; la demora de este desplazamiento es lo que da la idea de tiempo.

Tiempo es la verdad que nos creamos de la persistencia de las cosas considerando el movimiento de las partículas a través del espacio.

Es determinado por la sucesión de ciertos fenómenos cíclicos como el día y la noche.

Para poder determinar el momento del tiempo y su medida son necesarios puntos de referencia; los seres humanos miden el tiempo en base a los movimientos de los astros; el sol, la luna, los planetas y las estrellas, el movimiento cíclico que llevan a cabo es el que ha dado al ser humano el punto de referencia para medirlo a través de todas las épocas y lugares.

Según este concepto el tiempo en su mismo no existe pues es algo asimilado por el ser humano de acuerdo a su propio entorno, el desplazamiento de la tierra alrededor del sol dura trescientas sesenta y cinco veces una vuelta en su propio eje, de esas forma el ser humano ha creado los ciclos en los que mide su tiempo, día y año.

De esta forma llegamos a una conclusión, si es como lo he escrito no es posible viajar a través del tiempo por que este no es algo físico sino una asimilación a través del desplazamiento de los astros. El ser humano no podría hacer volar sus naves a través del espacio si no existiera espacio, tampoco se puede viajar en una carretera si no hay carretera. Pero el espacio existe, esta ahí y los astros se mueven ahí, no había caminos pero el ser humano los hizo. Pero el tiempo es algo distinto, es algo que el ser humano a creado para tener idea de la sucesión de las cosas, el tiempo no existe, no es algo palpable, es decir, es solo una consideración, por lo tanto no es posible viajar a través del tiempo como no sea leyendo libros de historia o viendo cine, y es que el movimiento de esas partículas fue registrado pero no se puede viajar a través de partículas desplazadas y no registradas, pues para que eso fuera posible todas las partículas y hechos universales que nos han dado la idea del paso del tiempo tendrían que retroceder, y como sabemos seria absurdo que sólo para ver que decían los escritos quemados en la Biblioteca de Alejandría pidiéramos que la tierra, las estrellas y todas las partículas que conforman el universo en el que vivimos retrocedieran para volver a repetir los hechos referidos.

Quemando a Venezuela, un libro de Juan Manuel Parada










El abandono progresivo del ámbito rural y el acelerado y aparentemente ineluctable hacinamiento del hombre en las ciudades, espacio mucho más propicio para la aparición y el incremento exorbitante de los vicios y las bajas pasiones, incidieron notablemente, a lo largo de la pasada centuria y durante el transcurso de la actual, en la creciente y rauda proliferación de la marginalidad y de los desafueros humanos inherentes a ella. Atribuible muchas veces a la imperfección de nuestras sociedades y otras a la morbosa vocación por el delito que suele convivir, en perfecta simbiosis, con determinados especímenes, esa lamentable forma de asirse a la existencia citadina también se ha convertido en una especie de surtidor, abundoso in extremis, hacia el que tienden a inclinarse algunos escritores acicateados por la intención de labrarle un sitio en el entramado de sus obras.

Aunque no me atrevo a asegurarlo, probablemente haya sido Guillermo Meneses el primer narrador que se arriesgó a incorporar el tema de marras a la cuentística venezolana. Aun cuando resulta innegable la trascendencia de la prosa regionalista o de la tierra, cuyo exponente más connotado, sin lugar a dudas, sería la célebre novela de Rómulo Gallegos publicada en 1929, ya en los cuentos del escritor caraqueño aparecidos en la década del treinta del pasado siglo es factible advertir indicios del traslado del escenario rural hacia el entorno suburbano. En semejante hábitat se mueven, verbigratia, las criaturas que apreciamos en La balandra Isabel llegó esta tarde, texto que vio la luz en 1934 y que, añadido a los restantes alumbrados más o menos por esa misma fecha, presupondría un intento de renovación literaria de irrefutable validez en estos lares.

El amplio abanico de sucesos que conforma Quemando a Venezuela y otros relatos no desdeña el acercamiento creativo a esa dolorosa realidad que, dada la ineficacia de los mecanismos diseñados para combatirla, tórnase más preocupante aún cuando el azar le usurpa el aire a quienes tratan de evadirla o ignorarla. En su libro iniciático, merecedor de un premio en el Certamen Mayor de las Artes y las Letras del 2006 y publicado ese mismo año por la Fundación editorial el perro y la rana, Juan Manuel Parada (Yaritagua, 1980) incursiona con viento favorable por este y otros derroteros.

Los entes marginales involucrados en una porción considerable del universo existencial que nos entrega el joven narrador yaritagüeño difieren, sin embargo, de las entelequias menesianas. En sus cuentos, si excluimos la aparición esporádica de la drogadicción, el tratamiento de la marginalidad se vincula, sobre todo y más atinadamente, con la recreación de la violencia cuyo clímax suele concretarse a través del zumbido de una bala o de un deceso súbito. Si bien algunas veces esta constituye la columna vertebral del acontecimiento que se nos participa, también se nos ofrece incorporada sólo de manera tangencial a la trama en la que irrumpe de forma un tanto imprevisible, quizás para la consecución de un dramatismo afín a realidades a las que no siempre conseguimos sustraernos.

Siguiendo el orden cronológico del libro - y soslayando momentáneamente asuntos a los que me acercaré más adelante -, ya en el tercer relato de los quince que configuran el cuaderno, Juan Manuel se dispone al abordaje del contexto que ha venido ocupándonos. Un ladrón en emergencia sintetiza, mediante la alternancia de dos voces narrativas, el fatídico drama del cazador cazado. Así, al monólogo del gánster que, traicionado por uno de sus cómplices, finaliza herido mortalmente durante la realización de sus andanzas, se le intercalan fragmentos del discurso en segunda persona de alguien que lo juzga mientras el delincuente, abandonado sobre una camilla, aguarda por la asistencia imprescindible de un galeno. Aunque los planos temporales son diferentes, la convergencia espacial de ambos protagonistas torna verosímil el andamiaje del texto. Y el desenlace, doloroso por cuanto nos conduce a avecinarnos con las emanaciones de la muerte, implicita un acertado cuestionamiento a los deslices de la ética.

Albures y Nueva vida, dos de los relatos más extensos y, a mi juicio, los más consistentes de la recopilación, nos muestran a un creador con dotes para el ejercicio venturoso de la narrativa. En el primero de ellos, valiéndose de una meticulosa fragmentación de la urdimbre, nos presenta el autor a varios personajes cuya existencia conflictiva y la búsqueda de probables soluciones tienden a vincularlos en encuentros aparentemente fortuitos. En connivencia con el título, el final nos apabulla con el fallecimiento azaroso de un hombre ajeno a los desmanes de la marginalidad. El segundo nos asoma a un vasto fresco de los avatares gansteriles donde el protagonista, que finalmente intenta regenerarse, concluye - por una ironía macabra del artista o por antífrasis con el título - estrellándose contra el parachoques de un camión.

Como ya he sugerido más arriba, en Quemando a Venezuela… coexiste una notable gama de intereses temáticos. Y otro de los demonios que asedian a Juan Manuel es el relativo a las complejidades de la vida de un escritor. Una proporción importante de su libro se le confiere al tratamiento de estas preocupaciones. Y ello no debe sorprendernos, máxime si convenimos en que tradicional y desafortunadamente, casi nunca en estos países nuestros el ofrecimiento a las exigencias de la literatura se ha revelado como una profesión rentable. La consagración antes de la entrada en el sepulcro siempre me ha parecido un privilegio al que sólo acceden algunos pocos elegidos de los dioses. El compromiso con las letras presupone, para quien se decide a contraerlo, una usurpación tácita del tiempo que osan reclamarle los oficios con los cuales sí puede sustentarse, o una disminución de los minutos exigidos por el descanso corporal, o cierta dejadez en el aporte de afectos a las personas que lo aman.

A pesar de que en dos de sus relatos el narrador, quizás para no nadar solo en contra de tendencias aún sólidas, se aproxima a los cánones de la cuentística signada por elementos referentes a los cotos de la fantasía, en el cuaderno se evidencia el propósito de ambientar los textos en circunstancias incuestionablemente verosímiles. Por lo mismo, estos cuentos de Juan Manuel que, a decir verdad, en ocasiones dejan traslucir algunas deficiencias en el uso del lenguaje - la reiteración innecesaria de gerundios, por ejemplo - imputables, creo yo, a la prisa que nos impone la convocatoria de un concurso, se nutren de la experiencia física del autor y de la observación directa y de la sátira juiciosa a los baales de la cotidianidad. Intención esta que, francamente, no dudo en suscribir. Próximos a los cien años del estallido de las vanguardias, lejos de continuar vertiendo agua sobre un terreno ahíto de humedades, tal vez no resulte descabellada una ligera inclinación del astrolabio hacia lo todavía rescatable de las simientes originarias.

Arístides Valdés Guillermo. Yaritagua, 5/8/2009.

Miguel Angel Asturias y su arte de novelar

Ensayo. Yeo Cruz; poeta e investigador Barquisimetano.

Una presentación breve de Miguel Ángel Asturias se resume en las siguientes líneas: Nació el 19 de octubre de 1899 en ciudad de Guatemala y falleció en Madrid, España, el 9 de junio de 1974. Hijo de la maestra María Rosales y del abogado Ernesto Asturias. Fue poeta, cuentista, novelista, dramaturgo, ensayista y conferencista. Desempeñó cargos como Político y Diplomático (Agregado Cultural en México, 1945- 47; Ministro Consejero en Argentina; Ministro Consejero en París; Embajador en El Salvador). Ministro de Educación en Guatemala. Estudió medicina y se cambió para derecho, obtuvo el título en 1922. Doctorado en filosofía, 1932. En 1923 viaja a Europa. Funda la “Asociación de estudiantes latinoamericanos”. En 1933 regresa a Guatemala, publica varios poemas y realiza el programa radial “Diario del Aire”, donde combate la dictadura. En 1949 muere su padre y ese año se casa y tiene dos hijos. Viaja por América, Africa, China y Europa. En su haber literario se hizo merecedor de muchas distinciones, entre las que resaltan: Premio “Sylla Monsegur” de Novela extrajera, Francia 1931, con Leyendas de Guatemala. Premio de Novela extranjera, Francia 1952, con Señor Presidente. Premio Lenin de la Paz, 1966. Premio Nobel de Literatura, 1967. “Honoris causa, Universidad de Venecia, 1972. Homenaje póstumo, Biblioteca Nacional, París. 09 de julio 1974.

Sin duda, este escritor latinoamericano logró desarrollar una abundante y significativa obra literaria, pues además de haberse formado con una amplia cultura, cultivó acertadamente varios géneros literarios. ¿Cómo llegó a convertirse en destacado representante del modelo fantástico, o mejor del realismo mágico en Hispanoamérica?

Una de las respuestas, se explica de esta manera: Las corrientes artísticas y literarias que encarnaban tendencias vanguardistas como el cubismo francés, el ultraísmo español y el subrrealismo, llegan al continente hispano en los primeros 20 años del siglo XX. Estos movimientos dan origen al modo narrativo hispanoamericano conocido como el realismo mágico_ que a decir de Arturo Uslar Pietri_ considera al hombre como un misterio en medio de los datos realistas. Tres escritores serían los precursores- y a la vez- los máximos representantes del realismo mágico en nuestra América: Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Arturo Uslar Pietri. Después andarían por ese camino y dejarían sus huellas perennes: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, por mencionar otra trilogía de maestros.

Un hecho político, común a sus países nativos, produjo el encuentro y reunión de estos precursores, que se convertirían en los propulsores de una literatura con sentido latinoamericano y reivindicadora de una estructura única, mágica y fantástica. Ese hecho fue, la existencia de las dictaduras que indujeron a los escritores a residenciarse en Francia.

Miguel Ángel Asturias, se cría durante la dictadura feroz de Manuel Estrada Contreras y en 1922 obtiene el título de Abogado, pero ante la represión del dictador José María Orellana, sus padres lo envían al exterior y llega a Inglaterra a principios de 1923. Meses después se radica en París.

Alejo Carpentier, nacido el 26 de diciembre de 1904 en La Habana, Cuba, cursa Arquitectura en la Universidad de La Habana, pero no los concluye. En 1923 Alejo ingresa al Grupo Minorista y en 1927 firma un Manifiesto emitido por ese grupo contra la dictadura de Gerardo Machado. Es encarcelado, sale bajo fianza y en marzo de 1928 se escapa de la isla y llega París.

Arturo Uslar Pietri, nacido en Caracas el 16 de mayo de 1906. En 1928 fue miembro relevante en la explosión de vanguardia y la revista Válvula. En febrero ocurren los sucesos políticos de la “Semana del estudiante”, contra Juan Vicente Gómez. Uslar publica su libro Barrabás y otros relatos. En 1929 obtiene el título de abogado y con un cargo de representación Diplomática que lo aleja de la patria viaja a París.

Así pues, este exilio reúne a estos escritores, quienes junto a otros latinoamericanos conforman tertulias, largas tertulias de política y literatura. En resumen, Domingo Miliani afirma de los tres que “…juntos leen y discuten las obras que están escribiendo. Comparten la intención de cambiar los códigos de la narración hispanoamericana, sustentada aún con las orfebrerías modernistas y el regionalismo pintoresco”. En tanto, Uslar evoca ese tiempo de tertulias con estas palabras:
“La noche se poblaba de súbitas e incongruentes evocaciones. Con frecuencia hablábamos del habla. Una palabra nos llevaba a otra. De “almendra” y el mundo árabe, al “güegüeche” centroamericano, o a las aliteraciones y contracciones para fabricar frases de ensalmo y adivinanza que nos metieran más en el misterio de las significaciones”….

Y lograron su propósito, cada uno con su estilo y su visión de América, el Caribe y del mundo. Desde luego, los tres se prepararon largamente para ello. Asturias, guiado por el profesor Georges Raynaud, realiza la traducción al español del Popol Vuh, el libro sagrado de los Maya –quiché, que contiene la mejor- es decir más completa y compleja- cosmogonía de nuestro continente. También tradujo los Anales de Xabil, libro sagrado de los indios cachiqueles. Esto produjo su gran baño cultural que le permitió dar forma a las leyendas e historias que rebullan en su cabeza y su corazón: Leyendas de Guatemala (1930). Alejo Carpentier, quien dirigió sus pupilas hacia el Caribe, confiesa que por esos años parisienses, se dedicó a leer todo lo que podía sobre América y que tuvo la certeza de que su obra sería profundamente Americana. Y aparece su primera gran novela: ¡Ecué- Yamba- O! (1933). Y Arturo Uslar Pietri, además de admirar a Asturias y conocer las tendencias del surrealismo, entrega su primera novela que vuelve los ojos al alma nacional venezolana: Las Lanzas Coloradas (1931)

Este preámbulo es necesario para opinar en torno a Miguel Angel Asturias, un intelectual que desde la diplomacia y la política combatió las dictaduras y el imperialismo yanqui, y con acierto produjo una literatura con temática de su país y también revestida de universalidad. Estos dos hechos, en suma, valieron para que le otorgaran el Premio Nobel en 1967. Ahora bien, más desde el ángulo didáctico que estructural y temático, la novelística de Asturias se puede comprender desde tres vías principales: La mitológica, la realista- social y la histórica o política.

Lo mitológico
: La cosmogonía de América y particularmente de Guatemala, la capital de la cultura Maya, se destacan en sus novelas: Leyendas de Guatemala; Hombres de maíz; Mulata de tal; Maladrón (Epopeya de los Andes Verdes) y El Alhajadito.

El realismo social
: Es determinante en la llamada Trilogía bananera, que conforman: Viento fuerte; El Papa Verde y Los Ojos de los Enterrados. En resumen, tratan de la explotación del banano y el maltrato a los trabajadores por parte de las compañías norteamericanas.

El ámbito histórico
: Propiamente político de Guatemala – y por extensión de América_ es tratado de manera profusa, reflexiva y valiente en las novelas: Señor Presidente; Week-end en Guatemala y Viernes de Dolores. Señor Presidente, es la denuncia del dictador Manuel Estrada Cabrera, entre 1898 y 1920. Week- end, relata la caída de Jacobo Arbenz en 1954 y el ascenso del coronel Carlos Castillo Armas con la ayuda de la United Fruitt Company. Igual intromisión yanqui se produjo en 1931 cuando se impuso el dictador Jorge Ubico durante trece años. Y Viernes de Dolores, donde se denuncia el gobierno de José María Orellana, entre 1921 y 1925. El Viernes de Dolores, era una protesta política que se hizo en Guatemala en 1897 y 1898 durante la dictadura de Estrada. Luego se repitió la huelga en 1921 y 1922, donde tuvo participación Asturias, quien siendo estudiante universitario combatió al presidente José María Orellana.

Desde luego, hay que entender que toda la novelística de Miguel Angel Asturias está unida por un eje transversal de narrativa fantástica. Hay una unidad entre novela y novela: Presentación o descripción del ambiente geográfico y psicológico donde se desarrollan los conflictos. Esto se observa en Leyendas de Guatemala: Guatemala y sus ciudades enterradas. Señor Presidente: En el Portal del Señor, la catedral y la Plaza de Armas. Viernes de Dolores: El cementerio. Maladrón: Los Andes Verdes, con sus los lagos verdes y sus montañas verdes.

Pero además, el modo fantástico exige a su vez, una estructura renovadora que Asturias elabora con este basamento: Lenguaje especial. Drama. Poesía y Cromatismo.

El lenguaje:
Es determinante para expresar todo el cúmulo de leyendas, mitos, cosmogonías y hechos políticos reales que aparecen las novelas. Para ser renovador, era necesario un lenguaje distinto al español tradicional, que diera fuerza a la narrativa. Por eso, recurre, al acopio verbal del indígena y al quebrantamiento del español tradicional y aplica la “ortografía arbitraria”, que le permite, además de inventar palabras, insertar las aliteraciones, reiteraciones, onomatopeyas, paralelismos y acotaciones que caracterizan su obra. Con estos recursos logra trastocar la ortografía y la semántica. De su renovación lingüística en la narrativa, Uslar Pietri dice que Asturias “Inventaba palabras o las descubría, o parecía inventarlas al darle nuevos e inesperados sentidos”.

El Drama
: Es la forma que permite acentuar la acción y la animación de los personajes, que provienen de dioses, brujos, seres, animales y cosas. Papel importante juega el uso de la Máscara, lo que permite a los personajes, (hombres y dioses) actuar en desdoblamiento y decir lo que tienen que decir. Una narración lineal no daría el mismo efecto de acción y conflicto.

La poética
: Necesaria para alejarse del discurso simple y realista, es lo que permite afianzar el valor cultural tanto de la tradición hispana como de la cultura Maya- quiché, superior en varios aspectos a la europea. La poética, pues, es vehículo expedito para expresar el valor, la imagen y el símbolo de las leyendas y cosmogonías. Además de esta poética como modelo lingüístico hay que notar la inserción del poema como género, que abunda en la obra Asturiana.

El cromatismo
: Aspecto narrativo que permite elaborar los “cuadros” donde se refleja el modo de vida y la percepción del indígena en: el vestido, el ambiente, cielo, montaña y lagos. El color, puro y brillante, es una característica enraizada en la psiquis del indígena que contrasta con la palidez del europeo: Roja sangre humana; verde sangre vegetal; Verde absoluto y amarillo refulgente es el maíz, símbolo de la riqueza. Los Andes Verdes, siempre verdes. Verdes los lagos. De colores puros y vistosos se cubrían los brujos, doncellas y dioses. No por otra razón, el bellísimo Quetzal (en mejicano) Kukul (en quiché) es el ave “protector” y símbolo de Guatemala. Y no menos importante para la retina del indígena son los destellos del guacamayo y el colibrí.

Hallazgo de Luís Alberto crespo

Arístides Valdés Guillermo, médico, poeta y decimista villaclareño, nació en Corralillo, el 10 de junio de 1960. Ha obtenido menciones en el concurso 26 de Julio en el género de décima (1988, 1990); premio en décima en el Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios (1985); premio en décima en el concurso iberoamericano Cucalambé 1992; premio Fayad Jamís (1993); mención concurso iberoamericano Cucalambé (2002); primer premio del III concurso nacional Ala Décima (2003), organizado por el grupo poético de igual nombre, con el coauspicio del Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado, con el cuaderno «Doce apuntes de un náufrago al inicio del milenio»; premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara (2006); segunda mención especial en el IV Certamen Internacional de Poesia Sant Jordi con “Los pies sobre la tierra” (2008). Aparece en las antologías Nuevos poetas cubanos y Nuevos juegos prohibidos, de la Editorial Letras Cubanas. Ha publicado en Huella, Contacto, y varias revistas y antologías, así como los títulos Las puertas de cristal (1992); El príncipe de bruces (1997); Esbozo con figura de muchacha (1999), Meditaciones del náufrago (2007) (premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2006).

Si nos atenemos a lo que afirmara Hemingway durante una entrevista memorable, la célebre novela que lo condujo a la obtención del premio Nóbel fue escrita ciñéndose a su teoría del témpano de hielo. Según esta, por cada parte que observamos sobre la superficie, el iceberg conserva siete porciones semejantes bajo el agua. Así, El viejo y el mar, que con la incorporación de personajes y conflictos inherentes a la azarosa vida de los pescadores de Cojímar pudo exhibir perfectamente un cuerpo mucho más voluminoso, se ofreció a la curiosidad de sus lectores engalanada con una delgadez que apenas rebasa el centenar de páginas.

A un presupuesto similar o, por lo menos, bastante cercano al anterior, podría circunscribirse la poética de Luis Alberto Crespo. Diríase que tal como racionan los beduinos el sorbo que les permite atravesar la desolada inmensidad de los desiertos, preservándose con ello de una posible muerte por deshidratación, economiza el poeta caroreño los hilos con que ha venido urdiendo la limpieza de su obra. Recientemente, bajo el sello de Monte Ávila Editores Latinoamericana, ha comenzado a circular una nueva selección de las criaturas pergeñadas por la pericia de este reconocido cincelador de oscuras claridades.

En lugar del resplandor se nos revela como un vívido muestrario de quince libros de poesía publicados por el autor a lo largo de tres fructuosas décadas. Y ya desde el cuaderno germinal (Si el verano es dilatado, 1968) nos sorprendemos escuchando la voz irreprimible de una infancia que, transmutada en imágenes, descubre un senderillo hacia los territorios de la eternidad patentizando su permanencia en la memoria del adulto aparentemente decidido a perpetuarla en versos.

Si bien en la obra de Vallejo no es difícil deleitarse con textos donde el sujeto lírico es un niño, en el ya citado y en los dos libros subsiguientes de Luis Alberto Crespo, nos resulta prácticamente imposible la lectura de un poema que admita evidenciar en ellos la supresión del hablante infantil. De manera que, a mi juicio, parece innegable la existencia de vasos comunicantes entre ambos creadores. Ese temor ante un probable enfrentamiento con lo ignoto, esa angustia implicitada en el discurso del infante que nos golpea en Trilce III, es casi la misma zozobra del niño que nos habla desde alguno de los poemas del álbum aludido:

Volvía de la cama como de un entierro,
me escupían, me encaramaron en las cañabravas…

(……………………………………)

Dijeron que iban a salir,
que iban a hundirme en el patio como un clavo,
y comenzaría a sudar, a sudar…

( de Espantos)

Demostrar que esta concomitancia de aires sea fortuita, o que el segundo haya incorporado, previamente decantadas por el aprendizaje reverente, ciertas resonancias del primero al diapasón de su trabajo, es algo que, sin duda, sería merecedor de un estudio más amplio y acucioso.

En la antología que intento apostillar, se hace ostensible una extraordinaria fidelidad del orfebre a la procedencia de los elementos destinados a elaborar sus joyas. Si existe algún leitmotiv en esta obra, es la sublimación del escenario afín a los primeros años del poeta. Pero de ello, y de sus conexiones con otros maestros de la poesía venezolana, me permitiré hablar más adelante.

Por el momento, y para no dejarnos vulnerar por el imperio del desorden, continúo diciendo que a raíz de su cuarto libro (Rayas de lagartija, 1974) comienzan a notarse ligeros cambios en la poesía de Luis Alberto Crespo. Sin embargo, estas mutaciones no son localizables en el universo de vivencias con el cual – y al parecer de modo definitivo – ha determinado emparentarse, sino en la estructura, en la tipografía del poema como entidad independiente. A partir del susodicho cuaderno se manifiesta una reducción en el volumen de los textos, y se disminuye paulatinamente el uso de la conjunción copulativa para privilegiar el incremento de las yuxtaposiciones y de los espacios en blanco; después, aunque más tarde se regrese a ella, el poeta prescinde de la puntuación e, incluso, en uno de los poemarios decide utilizar mayúscula inicial en todos los versos:

Afuera
Ninguna casa es para vivir

No hay otra pared
Que la grieta en el cuerpo

Lo borrado
Me quita la voz de la boca

Mi casa nunca se alza
Nunca es por dentro

Mi casa es la espina continua
Que me roza

(de Entreabierto)

Asimismo, a partir del libro mencionado se pierde un tanto la transparencia de las enunciaciones y el lenguaje, o mejor, la atmósfera que el artista nos entrega como síntesis de abstracciones creativas, tiende a hermetizarse y el poema, brevísimo, se acomoda en la página evocándonos una especie de arquilla desde la cual ascienden hacia el intelecto del lector, que aspira a interpretarlos, efluvios enigmáticos. Y para desentrañar esas emanaciones, más que a las palabras, ante los guiños de esta poesía es preciso atender a la elocuencia escandalosa del silencio:

Lo que decía
se me pierde en la subida

Estar es soledad pensada

Sin huella es pasar las curvas

Sin más es esta piedra en la mano
caída juntos

¿Comprendes?

Sin palabras es lo verdadero

(de Sentimentales)

Llevo cinco años en Venezuela entregado al ejercicio de una profesión que suele reclamarle tiempo a quien la practica y, en consecuencia, la relación de literatos del país cuya obra me ha sido dable conocer no supera los seis o siete nombres. A pesar de esto, no juzgo desacertado aseverar que con la poesía de Vicente Gerbasi, por una parte, y con la de Ramón Palomares por la otra, tiene la escritura de Luis Alberto Crespo incuestionables puntos de contacto. Si del autor de Mi padre, el inmigrante, asumió, previa tamización, algunas pinceladas que les confieren colorido y plasticidad a su quehacer, con el vate trujillano aprendió a convertir los caracteres del entorno primigenio y el vocabulario de sus pobladores en sustrato inseparable de su poética. Sin embargo, mientras en la órbita de los dos primeros es factible constatar el predominio de los poemas de largo aliento y, por lo mismo, paladear la fruta en toda su extensa y deliciosa esplendidez, el poeta larense calla la pulpa y nombra la semilla. De ahí que sus textos nos recuerden la respiración entrecortada de alguien que culmina exitosamente, luego de revitalizadoras detenciones, el fatigoso ascenso a la esquivez de una montaña:

Escribo
y cruzo

Una vuelta te regresa
y otra te ausenta

Lo que había en el fondo
la pendiente oculta
me es elevación

Sin altura: ir por sed toda la mañana

(de Solamente)

Aún cuando siempre ha sido viable la apoyatura de un artista en referentes clásicos para la concepción de una obra imperecedera – y pienso que aquí el autor más emblemático en este sentido sería José Antonio Ramos Sucre –, el lenguaje de Luis Alberto Crespo soslaya esos caminos y se nutre de vocablos con olor a monte y a terreno árido y resulta, en esencia, idéntico al que usan los habitantes de la ruralidad venezolana. A través de sus textos, aderezados con figuras de muy bien ganada belleza y altísimo vuelo literario (Cierro los ojos / Lo que se movía inmóvil en ellos / es verano), desfilan flora y fauna saturándose de tonos elegíacos y conmovedores y el caballo, como en Martí, es enaltecido al extremo de alcanzar categoría simbólica recurrente dentro de la compilación que ahora nos induce al gozo estético. En ella tórnase palpable la interiorización de la naturaleza y el culto a una sabiduría que, a pesar de su génesis local, entronca inexorablemente con el acervo universal y pareciera inmortalizarse con el elogio del poeta: <> / decía mi abuela. / Lo estoy leyendo en Parménides.

En Lado (1998), cuaderno que, recogido también de manera fragmentaria, concluye la presente antología, nos llama la atención un poema sui géneris, sobre todo por el hecho de que su amplitud excede las seis páginas. Si a ello le sumamos la utilización de locuciones empapadas por ciertas humedades citadinas, no es descartable la posibilidad de que, tal como se atreve a sugerirnos el suscriptor del prólogo, el ámbito rural de la poética de Luis Alberto Crespo se dispone a la invasión de los dominios de la urbanidad. No me arriesgo a especular en torno a tal hipótesis porque, haciéndole honor a la franqueza, ignoro lo escrito por este hijo de Carora con posterioridad a la fecha encerrada más arriba entre paréntesis. Permítaseme entonces concluir afirmando, ajeno a gratuidades y a ridículas lisonjas, que con su acercamiento al libro que nos ha ocupado, lúcido repertorio de lampos nacidos para expandirse en haces perdurables, se asomarán los buenos lectores a una de las voces más personales de la poesía escrita en Hispanoamérica durante los últimos decenios.

Arístides

El culturazo

Ensayo. Luis Britto García. El Nacional, 14 de abril de 2001.

También fue espontáneo, tampoco hubo capacidad de controlarlo, también fue masivo, tampoco dejó instituciones ni estructuras incólumes, también desbordó todos los canales, tampoco tuvo vanguardia, también operó por el efecto del contagio, tampoco ha dejado de producir efectos.

Nadie sabe quién comienza la avalancha por la cual el espectador se vuelve actor y deviene creador el aculturado. Dicen que la chispa se enciende por la periferia en las frases que los autobuseros inscriben en sus parabrisas y en la cotidiana música de los sonajeros de los recogelatas.

Entonces comienza el asalto de los bienes culturales hasta entonces acaparados por roscas, medios, camarillas. En pocas horas las chusmas destruyen las vitrinas de las certidumbres y los almacenes de las seguridades; cerro arriba corren llevando a cuestas artefactos de la línea gris: versos, silogismos, apotegmas.

Cultura informal, etapa superior de la economía informal. Ante la embestida de la creación bajan santamarías los buhoneros culturales, los concesionarios de la cultura rápida y de la literatura light. El dominó de los conceptos y las bolas criollas de la metafísica repiquetean sobre las autopistas de Bembanet, que sí sube cerro y brinca barranco.

Creación igual energía multiplicada por el cuadrado de la velocidad de lo intuitivo. Para liberar por siempre esta fuerza basta que la masa crítica rompa las cadenas de la ideología.

Dando saltos dialécticos las multitudes arrollan con pasos que son danza, música, rito. Nada resiste el maremare que suelda en culebra danzarina a millones de seres. Sobre las teclas de los cuerpos se interpretan las sonatas de las sensaciones, bailando unidas el guaguancó de las seis de la mañana, el batá de las siete, la comparsa de las ocho, el bolero de la medianoche.

Entre los desechos de la cultura florece una cultura del desecho. Solo se descartan ideologías y clases dominantes. Amanecen los ranchos escamados de gurrufíos musicales recortados de latas; grafiteros estampan hojas y flores en las superficies que usurpa el concreto; muralistas pintan sobre las vallas publicitarias semblanzas del paisaje que éstas tapan.

Coordinadas las lucecitas de casas y cerros inventan la ciudad luciérnaga, que a cada instante dibuja y borra formas, pensamientos, nebulosas chispeantes. Imponemos el uno por uno de metro reforestado por metro de concreto armado. Devueltos a la palmera auditórium, al samán habitable y al lecho de orquídeas, dejamos para jardines colgantes las pomposas necrópolis de los rascacielos.

En los cráteres de los cráneos revientan volcanes de ideas. Nada de acercarse al genio que calcina con la temperatura de su magma o de su magmadera de gallo.

Redescubrimos el Paraíso bajo la especie de la organización de mis antepasados kariñas, sin clases sociales, sin autoridades permanentes, sin trabajo alienado. Reaprendemos el camino de las olas, el flechado del pez, el tejido del chinchorro que codifica una metafísica del absoluto sobre la cual podemos flotar en reposo.

Reinventamos como Juan Feliz Sánchez el arte de ser productor gobernante sacerdote y creador de sí mismo. Reaprendemos a pintar danzando entre muñecas de saco y críticos de aserrín para ser incendiados por el sol que amanece en el lienzo.

Descartamos toda vestimenta salvo la decorativa. La única moda que no incomoda es la paisajística y parecemos jardines en marcha. Empapados en pintura fluorescente nuestros pasos tejen escrituras que narran, testimonian, fantasean. Revisamos la ecuación de Schrodinger y arrancamos de la mano de las Parcas las riendas del destino. Usamos cada cuerpo como computador analógico cuyas secreciones palpitaciones movimientos son modelos que resuelven las incógnitas del universo. Desarrollamos el bajoparlante que convierte todo estrépito artificial en silencio; el celular que comunica con nuestro subconsciente; el supertelescopio que posibilita ver lo que tenemos ante nuestras narices; el espejo que permite ver cómo somos verdaderamente.

Desaparece la Historia no porque muere sino porque comenzamos a vivirla. La primera y la segunda infancia se reencuentran en la Edad de Oro.

Podemos desde ahora ser varias personas diferentes y vivir tantas vidas como destinos inventemos. Podemos desde siempre saber que todas las vidas son una misma y uno sólo todos los instantes.

Cinematografía de nosotros mismos, en la pantalla del cuerpo proyectamos la película de la mirada. En la prisa por agotar los segundos creamos la novela relámpago, el film exhalación, la ópera centella. Aprendemos la gimnasia del vacío y la voltereta del vértigo. Mejor caída libre que ascensión en cadenas.

Acelerados en la orgía sígnica, dejamos de ser inteligibles e incluso perceptibles para quienes como nada piensan, piensan que no pasa nada.

Graznan cuervos subsidiados. El hampa queda reducida a no robar más que ideas, con lo cual quedan cesantes los plagiarios.

El general Aburrimiento intenta imponer el orden cubriendo de cadáveres exquisitos el camposanto de la mediocridad, que también es general.

El orden vuelve a reinar sobre la nada.

Debut Sexual

Autor: Solano Calles Paz. Pedregal estado Falcón, 1946. Sexólogo, Doctor en Ciencias Médicas y educador, ha publicado varios libros científicos al tiempo que escribió para El Nacional, Crítica y Panorama. Este ensayo pertenece a su libro “El duende erótico y otros textos”.

¿Cuál es la edad para la iniciación sexual en el ser humano? No hay acuerdo. Algunos recomiendan la iniciación temprana, sobre todo el hombre, a fin de prevenir futuras desviaciones. En nuestro entorno machista, los padres respiran aliviados una vez conocido que el vástago durmió con una fémina.

Muchos opinan que es preferible esperar un poco más de tiempo y conocimientos para evitar fallas erectivas y eyaculaciones precoces. Pero en común tienen las opiniones, en relación al varón, que no debe ser muy tardío el bautizo de nácar. En cambio con la hembra si es un rollo la cuestión del debut en clandestinidad. Expertos razonan que es asunto de madurez más que de edad y que, efectivamente, la mujer madura psicológica y fisiológicamente antes que el hombre, de allí la diferencia.

En estos días, un grupo de amanecidos discutían con pasión acerca del asunto. Unos decían: para mi a los 18. Otros juzgaban que a los 21. Un sabio y venerable anciano que observaba la conversación impertérrito expresó a mi lado en voz baja: esos si serán zoquetes, en mis tiempos no se hablaba de edad sino de peso, después de los 35 kilos ya estaban listas.

Beber la Escritura


Carlos Yusti. Caracas. También colabora para la versión impresa de Yo ediciones.


He sido aficionado a la bebida y a los libros. El amor a las palabras me empujo a beber y a escribir. La bohemia posee una fuerza seductora indiscutible. Anularse en la resaca requiere una buena dosis de estoicismo. Muchos de mis amigos escriben y beben en equilibrada proporción. Algunos son sólo poetas (entre comillas) ya que sus vidas son en verdad su mejor y peor poema. Otros, además de beber como cosacos, van al papel a dejar estampados sus gusanos tipográficos con temblorosa inspiración, dejando el ratón moral para después. No obstante no hay que confundirse: para escribir no necesariamente tienes que beber o viceversa. Aunque en estos momentos escribo esto borracho. Nadie se hace buen poeta a la orilla de la playa de una barra. Aunque el excelso poeta Chino Valera Mora puede considerarse como la excepción a la regla. Beber no basta para inspirarse. Lo escrito por Claudio Magris es puntual: "La inspiración no es el destello de un instante enceguecedor, es la luz constante y tranquila que rodea la existencia, tanto al escribir como al pasear, dormir, amar".

Escritores ilustres y borrachos como una cuba hay muchos. Teofilo Tortolero era un gran poeta húmedo crucificado a la botella. Vivía en Nirgua, un pueblo que se llenaba de neblina metafórica y en sus últimos días, él que en su juventud daba el porte de galán telenovelero, andaba por el pueblo como un pordiosero: regordete, con la piel macerada por el ron y sin afeitar. Juan Carlos Onetti terminó convertido en una piltrafa en una habitación en España. Ludovico Silva escribió "In vino veritas" en un encierro alcohólico de varias semanas, por supuesto realizó muchas argucias para dejar la bebida, pero el vicio era mucho más fuerte e irresistible que los senos y brillosos muslos de la musa. Rubén Darío bebía demasiado y se iba de farra con un abstemio avinagrado, y hoy inleíble, como Vargas Vila. Umbral escribió: "El alcohol, pues, no es sino una simplificación del proceso, una abreviación, o él tramite necesario para que el proceso se ponga en marcha. En el güisqui hay más calorías que metáforas, pero las metáforas del güisqui siguen fascinándonos como imágenes doradas, quemadas en oro, líquidas y fluentes".

Con Francisco Arévalo he realizado periplos bohemios en burdeles nada poéticos. Ahora leo su último libro premiado, "Ebrio de Colmena". Claro, el título remite a un conocido burdel en Ciudad Guayana, donde las cervezas son frías y las mujeres calientes, como dice mi amigo de farra José Mariño (Matancero). Con el poeta José Pico también he bebido de lo lindo. Por supuesto que he realizado peregrinajes etílicos con Diana Gámez, Ana María Marín, Yudith Cedeño. Beber es siempre un encuentro cálido con el otro y con nuestros fantasmas más turbios e infelices.

Los poetas y escritores abstemios son plomos irremediables, un poco, como es la mayoría de los casos, su escritura. El poeta Villaverde, que bebe de manera moderada, me dijo que no hay necesidad de emborrachar a la musa para que la metáfora se ha legible/leíble.

He bebido y leído mucha literatura. He intentado de mantener sobria mi escritura. He tratado convertir la escritura en una juerga permanente, en algo placentero. Por ello canto los versos del poeta Arévalo: "Una moneda para rocola/un cigarrillo para consagrar/la muerte de la noche..."

El alcohol quema la rutina y los prejuicios. Nos deja desamparados y el que no es poeta, artista y cosa sucumbe sin dejar huella. No sin razón decía un mosquetero peliculero: "Desde el fondo de una botella la vida se ve mejor". Por lo pronto la escritura es mejor que un buen trago de ajenjo. Emborracharse de poesía en estos días neoliberales es lo más digno.

Poética


Tratado de Poesía. Autor: José Antonio Yepes Azparren. Barquisimeto.



1

El poema, más que partir del silencio, aspira a él. Habría que agregar todavía: Los poemas más perfectos han sido escritos en la proximidad o sobre esos fondos de los silencios.

2

El poema es, pues, fecundado por el silencio o trazado por él. Pueden borrarse sus palabras, puede rescribirse o traducirse a otra lengua. Lo fundamental no es lo que dicen sus palabras, sino sus silencios. Alguien debió decir esto antes, inevitablemente.

3

Escribir desde el silencio es escuchar los primeros latidos del poema por venir. (Poema repleto de porvenir). En ese momento entramos en la nada sonora. Porque la nada no está vacía: es SUNYATA, que en sánscrito quiere decir; la nada está llena. ¿De qué está llena o qué contiene esta nada germinante o creadora? Del silencio de donde nace la palabra. Y en ese silencio hay música que nos va llegando de muy lejos.

4

La escritura comienza cuando el poeta comprueba que el silencio no es total, lo mismo que la oscuridad fue creada de luz. Entreoír las primeras sílabas y consonantes del poema, a partir de trozos o fragmentos de música apenas audibles que recién comienzan a llegar, significa la comprobación de que la nada o el silencio están llenos de revelaciones que el poema debe buscar.

5

Emprender la búsqueda. Escribir o asumir la escritura como quien cava hondo. Y ¿qué buscamos al escribir? Lo no escrito antes, lo no escuchado, lo increado, las revelaciones que trae consigo todo poema naciente.

6

No puedo creer jamás en un poema ni me interesa ninguno que no sea una indagación de una realidad otra. No sabida. No conocida.

7

Escribimos entre perplejidades en busca de revelaciones. No sabemos lo que nos será dado traer a la página en la blanco.

8

Seguir los latidos de un poema naciente. Escribir sus primeras palabras, sus primeras líneas. Es dejarse llevar por una aventura de creación. La escritura así expuesta es peregrinaje. Ir hasta los confines del mundo: Hasta esa nada secreta que no sabemos dónde está, pero a la que siempre accedemos si el poema que nos llama existe ya en un no lugar, en otra dimensión.

9

El poeta es un náufrago de muy lejos. La poesía, la palabra rescatada de un naufragio…escribí hace siete años.

10

Tierra de nadie. Nada. Lugar de la poesía. Territorio siempre por descubrir por primera vez. A nuestro regreso, no sabemos dónde está ni dónde hemos estado. Sólo tenemos la certeza de que hemos regresado de ese otro allá, que allí estuvimos.

11

No me queda ninguna duda de que esa nada a la que accedemos como el privilegio más inmenso y, a un tiempo, el más humilde del mundo o de la existencia, es el mismo lugar donde Dios habita o donde Él habita en nosotros.

12

Si somos creación del Dios y el mundo es también territorio de ese milagro creador, es natural que también exista ese lugar de la creación y que podamos visitarlo. Es natural, de igual modo, que sepamos que existe un umbral para acceder a él, pero es imprescindible que no sepamos dónde se encuentra. Es indispensable ese enigma y que las señales para llegar no existan. Llegaremos, si persistimos, por una magia que desconocemos.

13

Sí, la poesía es una forma de religión. No la concibo de otra manera. No concibo la poesía sin la existencia de Dios. Él, que es origen de todo.

14

Los hindúes hablan del Gran Brahmán, fuente y centro de todo conocimiento Y sostienen que está dentro de cada uno de los hombres que antes estuvieron, de los que se encuentran hoy entre nosotros y de los que vendrán luego… Ese centro o lugar nos habla si dejamos que el silencio nos invada. Indispensable es dejar los diálogos internos, entrar en reposo, en esa la nada donde nos es dado meditar. La escritura auténtica surge de esa meditación trascendente y secreta. No hay que hacer alardes de lo que muy pocos conocen.

15

Un poeta entrañable dijo que el primer verso nos los dictan los dioses. Yo diría asimismo que todo el poema no es dictado. Somos apenas traductores, apenas un instrumento para que el poema se cumpla, si somos capaces de traducir a plenitud esa sonoridad (esa nada) hecha música de donde surge, después del silencio, la palabra.
16

El poema nace por la música, se vuelve CANZONNE. Así la concebía Dante, el primero de los poetas de Occidente. No estaba equivocado. No escribimos de otra forma que traduciendo la música que va surgiendo de la nada a las palabras. Si traducimos con irreprochable fidelidad el poema que nos canta desde un más allá, el poema también cantará en nuestra lengua.

17

Ya lo dije antes: Ese más allá es la nada. Tierra de la poesía. Gran Brahmán. Lugar de la creación. Territorio donde nos espera todo el conocimiento. El poema como revelación y método de indagación... No podemos ser inocentes y creer que somos otra cosa distinta a traductores, los que tenemos la humilde tarea de traer de la nada, cada vez que nos es dado, un poema nuevo a nuestro idioma.

18

¿Mi po(ética) es una pretensión de humildad? La única pretensión del poeta es atreverse a ser traductor de lo que antes no existía.
19
¿Hablamos por quién o por qué? Por una voz que nos visita. Que esa voz sea de Dios o no, es cuestión de creencia o de fe. En mi lugar, no hace falta que diga cuáles son mis creencias; pues mi única ambición no es aleccionar a nadie: tan sólo escribir poemas.
20
Escribimos interpretando una música entre los silencios, buscando esas palabras que la música nos revela. Tenemos que afinar el oído. Estar a la espera del poema, vivir alerta en esa escucha.
21

Escribimos por fonación y por creación. La creación nace del amor a los enigmas y a la pasión por escuchar esa voz que nos va revelando no a un personaje que somos, sino a muchos otros que nos habitan.

22

No creo que al escribir, esa voz o voces varias nos inventen. Escribimos. Poblamos el mundo de palabras…

23

Lo demás importa muy poco o nada.